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Un fósil de hasta 145.000 años apunta al apuñalamiento más antiguo

Un estudio en Scientific Reports reevalúa a Qafzeh 25, hallado cerca de Nazaret, con una herida facial que el individuo habría sobrevivido

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Un equipo de investigadores ha reevaluado los restos de un joven Homo sapiens conocido como Qafzeh 25, hallado en 1979 en la cueva de Qafzeh, cerca de Nazaret (Israel), y datado entre hace 92.000 y 145.000 años.

La cueva de Qafzeh es uno de los conjuntos humanos más importantes del Pleistoceno tardío en el suroeste de Asia, con restos de al menos 27 individuos atribuidos generalmente a primeros Homo sapiens. La mayoría corresponden a niños y adolescentes, lo que convierte a Qafzeh 25 —un joven adulto— en un ejemplar singular dentro del conjunto. Los restos aparecieron durante la última campaña de excavación en la zona, en una capa del Paleolítico medio; lo que ha cambiado no es el fósil, sino la metodología de estudio.

Hasta ahora, el registro fósil de esa época ha aportado sobre todo información sobre enfermedades, procesos degenerativos y prácticas funerarias, pero apenas datos sobre lesiones provocadas por objetos cortantes. Los especialistas atribuyen ese vacío a la dificultad de distinguir, en huesos de decenas de miles de años, entre una fractura producida en vida y una alteración póstuma causada por el paso del tiempo, la sedimentación o la propia excavación.

Precisamente ese ha sido el reto metodológico central del nuevo trabajo. El equipo combinó observación macroscópica, microscopía y microtomografía computarizada para examinar la mandíbula sin destruir el material óseo, una técnica que permite generar imágenes tridimensionales de alta resolución y diferenciar los daños antiguos de las alteraciones sufridas por el hueso tras la muerte.

El resultado es una marca lineal, relativamente profunda, con morfología en V en parte de su trayectoria, que afecta tanto al hueso mandibular como a la dentina del tercer premolar inferior. Según la reconstrucción propuesta por los investigadores, el objeto habría rozado primero la corona del diente antes de impactar en el borde superior de la mandíbula, provocando pérdida de dentina y de hueso sin llegar a alcanzar la cámara pulpar. Ese detalle resulta clave: al no perforar la pulpa dental, la herida no habría derivado en una infección grave, lo que, según los autores, explicaría que el individuo sobreviviera.

Alrededor de la lesión, el estudio identificó porosidad localizada y márgenes óseos engrosados, signos compatibles con una remodelación ósea; es decir, un proceso de cicatrización iniciado en vida. Para los paleontólogos, Qafzeh 25 es el caso documentado más antiguo de trauma por fuerza cortante en el registro arqueológico.

Agresión o accidente: los límites de la evidencia

Los investigadores sostienen que la explicación interpersonal resulta más plausible que un accidente, aunque advierten de que este último escenario no puede descartarse por completo con la evidencia disponible. Argumentan que la lesión aparece en el lado izquierdo de la cara, una zona que en estudios forenses actuales se asocia con frecuencia a golpes recibidos en enfrentamientos cara a cara. Pero los propios autores subrayan que la lateralidad, por sí sola, no basta para dar por sentado que hubiera agresión, ya que caídas o golpes con herramientas durante tareas cotidianas pueden producir patrones similares.

Esa cautela es habitual en paleopatología, disciplina que desde sus orígenes lidia con la tentación de sobreinterpretar hallazgos aislados sin evidencia contextual suficiente. El análisis reveló además un dato colateral: una caries oculta en un premolar rotado, que aporta información sobre la salud bucodental de estas poblaciones. El estudio confirmó también que el esqueleto quedó enterrado de forma rápida en un entorno estable, circunstancia que favoreció la conservación de los tejidos óseos y, con ello, la posibilidad de un análisis como este milenios después.

El registro de violencia interpersonal en el Paleolítico es escaso y fragmentario frente a periodos posteriores. Los ejemplos mejor documentados de trauma por arma en la prehistoria proceden en su mayoría del Neolítico y la Edad del Bronce; el yacimiento de Nataruk, en Kenia —datado en torno a hace 10.000 años—, se considera uno de los testimonios más antiguos de conflicto grupal armado. Si la interpretación de Qafzeh 25 se sostiene con nuevos análisis, la cronología de la violencia con objetos cortantes retrocedería varias decenas de miles de años respecto a lo documentado hasta la fecha.

Los autores insisten en que sus conclusiones se basan en un único individuo, lo que limita la posibilidad de generalizar sobre la frecuencia o la naturaleza de los conflictos entre los primeros Homo sapiens de la región. La paleoantropología suele exigir la comparación entre varios casos antes de establecer patrones de comportamiento social, y por el momento no se ha identificado en el registro disponible ninguna otra lesión con características equiparables.

El hallazgo se enmarca en la paleopatología traumática, un área que en los últimos años ha incorporado herramientas de imagen médica avanzada para revisar colecciones óseas excavadas hace décadas con tecnologías mucho más limitadas. Este tipo de reanálisis está permitiendo extraer información clínica que pasó inadvertida en los estudios originales.

Como siguiente paso, los investigadores plantean extender el análisis microtomográfico a otros restos de Qafzeh y de cuevas próximas del Levante mediterráneo, para determinar si el caso fue aislado o si existen otros indicios de trauma por objeto cortante en poblaciones de hace más de 90.000 años. La publicación en una revista revisada por pares abre la puerta a que otros equipos sometan la hipótesis a nuevas pruebas y contrastes en los próximos meses.

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