El presidente del Gobierno ha convocado para esta tarde, a las 17:30 en el Palacio de la Moncloa, un Consejo de Seguridad Nacional con carácter extraordinario. La razón oficial, según el comunicado remitido a las 06:12 por el Departamento de Seguridad Nacional, es 'la evolución acelerada del escenario en Oriente Medio tras los últimos mensajes cruzados entre Teherán y Washington' durante la madrugada. La razón subyacente, según dos fuentes del propio Consejo, es coordinar con Defensa, Exteriores, Interior, Economía y las agencias de inteligencia una posición común ante tres posibles escenarios: escalada militar, corte del tráfico por Ormuz y evacuación consular.
El viaje a Pekín ha sido, a todas luces, un éxito en términos bilaterales. El comunicado final recoge el establecimiento de un 'Mecanismo de Diálogo Estratégico' entre ambos países y compromisos concretos en cooperación económica, cultural y científico-tecnológica. Xi Jinping dijo, en su reunión con el presidente español, una frase que dará mucho juego: 'España y China estamos en el lado correcto de la Historia frente a la ley de la selva'. La fórmula, inusualmente explícita en el lenguaje diplomático chino, ha sido interpretada en Bruselas como un gesto directo contra la política arancelaria de Donald Trump.
En Madrid, el balance de la gira también es bueno en términos de comunicación política. Sánchez aterriza con un titular favorable —el acuerdo con China—, un apoyo económico indirecto de Pekín en un momento delicado y el respaldo del FMI a su previsión de crecimiento para 2026. A eso se suma el informe de la Secretaría de Estado para la Unión Europea que confirma que España seguirá siendo el país que más rápido crezca entre las economías grandes del euro. Tres vientos a favor en una jornada que, por lo demás, está siendo especialmente difícil en el flanco judicial.
Porque si el balance exterior es favorable, el interior no lo es tanto. Apenas cuatro horas después de su aterrizaje, Sánchez tendrá que leer el auto del Tribunal Constitucional que admite el amparo del ex fiscal general García Ortiz. Y apenas veinticuatro horas después, el Consejo de Ministros que él no va a presidir —y que estará liderado por el vicepresidente segundo Carlos Cuerpo— aprobará la regularización extraordinaria de medio millón de migrantes. Dos expedientes sensibles, con repercusión política distinta, que van a convivir durante toda la jornada con los teletipos sobre Oriente Medio.
Sánchez, dicen, cerró con Xi una reunión de dos horas y cuarenta minutos, una cifra que en protocolo chino equivale a una señal de máxima cordialidad. La parte más delicada de esa reunión —las exportaciones del puerco de Castellón y los paneles solares fotovoltaicos que Bruselas quiere penalizar— quedó aparcada para una segunda ronda en Pekín en junio. Es una cesión técnica, no estratégica: el pacto que importaba, el del paraguas político frente a los aranceles estadounidenses, sí se cerró.
En el Consejo de Seguridad Nacional de esta tarde van a estar presentes, además del presidente, la vicepresidenta primera María Jesús Montero, los ministros de Defensa, Exteriores, Interior y Economía, la directora del CNI y el director del Departamento de Seguridad Nacional. Se estudiará, entre otras cosas, el plan de contingencia consular en Teherán y en Tel Aviv, la posibilidad de ampliar temporalmente la misión naval española en el Índico y el impacto que una eventual escalada tendría sobre los precios del crudo —y, por tanto, sobre las previsiones económicas españolas para el segundo trimestre—.
La comparecencia pública del presidente está prevista para mañana jueves, a las 10:30, en la sala de prensa del Palacio de la Moncloa. Allí, Sánchez previsiblemente hará balance de la gira china, explicará la decisión del Consejo de Seguridad Nacional y responderá a las preguntas sobre el Tribunal Constitucional y el caso Begoña Gómez. Las tres patas del triángulo no son casuales: forman, en conjunto, la foto completa de una jornada que ha empezado con un aterrizaje y que va a terminar, casi con toda probabilidad, con un consejo de ministros convulso y un pleno del Congreso todavía por digerir.
El avión T.22 descansa ahora en la terminal ejecutiva de Barajas. Pedro Sánchez, en un movimiento atípico, ha entrado en el coche oficial sin hacer declaraciones a los periodistas apostados en la puerta. No es un gesto insignificante. Cuando el presidente del Gobierno evita hablar en Barajas, suele ser porque prefiere que las palabras lleguen cuando todavía no han perdido valor. Hoy, que cada hora trae un titular distinto, ese cálculo tiene más sentido que de costumbre.


