La frase no aparece como máxima aislada, sino integrada en una pieza oratoria de carácter político y militar. Pericles se dirigía a una comunidad que lloraba a sus muertos y buscaba, al mismo tiempo, justificar el sentido de ese sacrificio ante la ciudad. El vínculo que establece entre felicidad, libertad y valor responde a esa necesidad: explicar por qué merecía la pena defender el sistema de vida ateniense incluso al precio de la vida misma.
Pericles gobernó la vida pública de Atenas durante buena parte del siglo V antes de Cristo, en el periodo que la historiografía ha denominado después «siglo de Pericles». Bajo su influencia, la ciudad reforzó sus instituciones democráticas, impulsó las obras que dieron forma a la Acrópolis y vivió una intensa actividad cultural que marcó el teatro, la filosofía y la escultura griegas. Ese esplendor coincidió con el ascenso de las tensiones con Esparta y sus aliados, que terminarían derivando en una guerra prolongada.
El conflicto, conocido como la guerra del Peloponeso, enfrentó durante décadas a la liga encabezada por Atenas con la liderada por Esparta y se saldó con la derrota ateniense años después de la muerte de Pericles. El relato de ese enfrentamiento se conserva gracias a Tucídides, historiador y contemporáneo de los hechos, cuya obra «Historia de la guerra del Peloponeso» constituye la fuente principal sobre el pensamiento y la oratoria del estratega ateniense.
El razonamiento que subyace a la frase distingue dos planos. El primero sostiene que la felicidad depende de la posibilidad de decidir el propio camino, de desarrollar capacidades y de actuar conforme a las propias convicciones sin la imposición constante de otros. El segundo introduce una condición: esa libertad no se sostiene sola, exige una disposición a afrontar riesgos, errores o la incomprensión ajena.
Por eso el valor, en la lectura que ofrece el discurso, no equivale a la ausencia de miedo, sino a la capacidad de que el miedo no determine todas las decisiones. Pericles no presentaba la valentía como una virtud abstracta o individual, sino como una condición necesaria para que una comunidad entera pudiera sostener su forma de vida libre frente a las amenazas externas, en este caso la guerra contra Esparta.
«El secreto de la verdadera felicidad es la libertad, y el secreto de la libertad es el valor», Pericles, según el discurso fúnebre recogido por Tucídides hacia el 431 antes de Cristo.
El discurso fúnebre ateniense, género oratorio del que forma parte este texto, se pronunciaba públicamente para honrar a los caídos y reafirmar ante la ciudadanía el sentido político del esfuerzo bélico. La versión que ofrece Tucídides de las palabras de Pericles, aunque reconstruida por el propio historiador según las convenciones de la época, se ha convertido en una de las referencias más citadas para entender cómo la Atenas clásica articulaba la relación entre libertad individual y deber cívico, una tensión que resurge en debates contemporáneos como el que rodea el discurso de Felipe VI en Melilla sobre la defensa.
