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Un agricultor de Pensilvania rechaza 15,7 millones por sus granjas frente a un centro de datos

Mervin Raudabaugh, de 86 años, vendió los derechos de desarrollo de sus tierras por menos de 1,9 millones para blindar su uso agrícola

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Mervin Raudabaugh, agricultor de 86 años en Silver Spring Township (Pensilvania), rechazó una oferta cercana a los 15,7 millones de dólares —unos 13 millones de euros al cambio— que un grupo de promotores le puso sobre la mesa por sus 261 acres, algo más de 105 hectáreas repartidas en dos explotaciones, para levantar un centro de datos.

La oferta de los promotores rondaba los 60.000 dólares por acre, según el relato del propio agricultor, muy por encima del valor habitual del suelo agrícola en esa zona próxima a Harrisburg. La operación completa habría alcanzado aproximadamente los 15,7 millones de dólares. Raudabaugh no buscó negociar al alza ni forzar una puja mejor: renunció a esa cantidad para evitar que las granjas cambiaran de uso.

«No estaba interesado en destruir mis granjas», explicó a FOX43. «Ese era el resultado final. Realmente no se trataba tanto del aspecto económico», añadió, en referencia al futuro de unos terrenos que trabaja desde hace más de seis décadas. Frente a los más de 15 millones que podía haber ingresado, aceptó menos de 1,9 millones a cambio de proteger las explotaciones.

La vinculación de Raudabaugh con estas tierras se remonta a su adolescencia. Su madre falleció en una de las granjas cuando él era joven, lo que le llevó a dejar los estudios para hacerse cargo del ganado y sostener la explotación familiar. Años después formó allí su propia familia junto a su esposa, Anna Mae, y crió a sus hijos en el mismo entorno rural que ahora ha decidido preservar. «Amo esta tierra. Ha sido mi vida», resumió.

Cómo funciona la servidumbre de conservación

La fórmula empleada —la venta de los derechos de desarrollo, no de la propiedad— es un instrumento habitual en Estados Unidos para proteger suelo agrícola frente a la presión urbanística o industrial. Mediante estas servidumbres de conservación, el propietario conserva la titularidad y el uso de la tierra, pero renuncia de forma permanente a la posibilidad de edificar sobre ella, una restricción que se mantiene aunque la parcela cambie de manos en el futuro.

El Lancaster Farmland Trust, la entidad sin ánimo de lucro que adquirió esos derechos por algo menos de dos millones de dólares, se dedica a la protección del suelo agrícola en el condado de Lancaster, una de las zonas de mayor tradición agraria de Pensilvania, con presencia de comunidades menonitas y amish. La organización confirmó que la familia Raudabaugh había rechazado ofertas significativas vinculadas al desarrollo de centros de datos antes de formalizar el acuerdo.

Desde la entidad señalan que el caso no es aislado: un número creciente de agricultores de la región recurre a estos programas para asegurar que sus explotaciones sigan destinadas al cultivo una vez que ellos dejen de trabajarlas, ante el temor de que sus herederos opten por vender si llega una oferta de esta magnitud.

El fenómeno de fondo —la conversión de suelo rural en infraestructura digital— se ha acelerado en Estados Unidos al calor de la inversión en inteligencia artificial y computación en la nube por parte de las grandes tecnológicas, que necesitan multiplicar su capacidad de procesamiento. Estos complejos exigen grandes extensiones de terreno, acceso a redes eléctricas de alta capacidad y proximidad a corredores de fibra óptica, lo que ha disparado el interés de promotores por parcelas antes reservadas al cultivo o la ganadería.

Pensilvania, con un mercado energético relevante y cercanía a los corredores digitales del noreste del país, se ha convertido en un destino atractivo para estos proyectos, lo que explica el interés por una zona tradicionalmente agrícola como el condado de Lancaster. En Estados Unidos no existe por ahora una regulación federal específica que limite la conversión de suelo agrícola para estos fines, más allá de las ordenanzas locales de zonificación, de modo que la decisión última sobre el destino del terreno recae en el propietario.

El caso de Raudabaugh no altera esa dinámica general, pero ilustra que ni todos los incentivos económicos resultan determinantes frente a vínculos familiares de décadas, ni la expansión de los centros de datos avanza sin fricciones sobre el terreno. Los instrumentos de conservación voluntaria, como el que ha empleado el agricultor, mantienen protegidas parcelas concretas de forma indefinida, incluso cuando el suelo cambie de dueño.

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