El Infanta Elena nació como corbeta de la clase Descubierta, una serie de buques que la propia Armada apodó extraoficialmente las "hormigas atómicas" por la potencia de fuego que concentraban en un casco de apenas 90 metros de eslora. Fue la tercera unidad de esa serie, concebida en plena Guerra Fría para labores de escolta y lucha antisubmarina en el Atlántico y el Mediterráneo, dos de los escenarios donde la Armada española mantenía entonces su principal compromiso con la OTAN, organización a la que España se incorporaría en 1982.
Durante las décadas de 1980 y 1990, el buque participó en misiones de calado internacional. Entre ellas destaca su despliegue en el Golfo Pérsico en 1990, tras la invasión iraquí de Kuwait, dentro de una operación de vigilancia y bloqueo naval amparada por mandato de Naciones Unidas. Aquella campaña supuso uno de los primeros grandes despliegues de la Armada fuera de aguas europeas tras la Transición, y sirvió de precedente para las misiones internacionales que España asumiría en las décadas siguientes.
En 2004, con la incorporación de escoltas más modernos a la flota, el Infanta Elena fue reclasificado como patrullero de altura, con la denominación P-76, y reorientado hacia misiones de seguridad marítima y vigilancia de espacios de soberanía. Ese cambio de perfil reflejó una transformación más amplia de la Armada, que en la primera década de los 2000 fue sustituyendo unidades de combate de la Guerra Fría por buques dedicados a tareas de control fronterizo, lucha contra el narcotráfico y apoyo a la acción del Estado en la mar.
De Perejil a Somalia: un historial en primera línea
El historial operativo del buque incluye episodios de relieve en la política exterior española reciente. Participó en la crisis del islote de Perejil en 2002, cuando España desplegó fuerzas navales y de infantería de marina para desalojar a un contingente marroquí que había ocupado el peñón deshabitado frente a las costas de Ceuta, en un incidente que tensó las relaciones entre Madrid y Rabat antes de resolverse por vía diplomática con mediación de Estados Unidos.
Una década después, en 2012, el patrullero tomó parte en la operación Atalanta, la misión de la Unión Europea contra la piratería frente a las costas de Somalia y en el Golfo de Adén, una de las rutas marítimas más sensibles del comercio mundial por su proximidad al estrecho de Bab-el-Mandeb, paso obligado entre el mar Rojo y el océano Índico. Atalanta, vigente desde 2008 y prorrogada en sucesivas ocasiones por el Consejo de la Unión Europea, ha contado de forma recurrente con participación española.
El buque también intervino en misiones de vigilancia contra la piratería en el Golfo de Guinea, región donde España mantiene intereses pesqueros y energéticos, y realizó labores de rescate de inmigrantes en aguas próximas a Cartagena, en el marco de las competencias de salvamento que la Armada comparte con Salvamento Marítimo y la Guardia Civil. Uno de los episodios más singulares de su hoja de servicios fue la expulsión, en 2012, del buque "cazatesoros" Endeavour de aguas jurisdiccionales españolas, en aplicación de la normativa de protección del patrimonio arqueológico subacuático.
Un procedimiento reglado y un casco descontaminado
Tras su baja oficial en marzo de 2023, el Infanta Elena inició el proceso reglado que la Armada aplica a las unidades destinadas a servir como blanco en ejercicios de tiro real, un procedimiento habitual en las principales marinas de guerra para aprovechar cascos obsoletos antes de su desguace definitivo. La Marina de Estados Unidos recurre a esta fórmula en sus ejercicios conocidos como SINKEX, y otras armadas europeas emplean prácticas similares.
El proceso de desmilitarización ha sido exhaustivo. Se han retirado del casco los sensores, el mástil y los equipos susceptibles de reutilización, así como la pieza que durante décadas constituyó su sello visual y operativo: el cañón Oto Melara 76/62 Compact, un sistema de artillería naval de fabricación italiana ampliamente extendido entre las marinas de la OTAN por su cadencia de tiro y fiabilidad.
La Armada ha vaciado además el buque de combustible, aceites, lubricantes y otros materiales potencialmente contaminantes, en cumplimiento de la normativa medioambiental española y de la legislación europea sobre gestión de residuos y protección del medio marino, que exige descontaminar los cascos antes de cualquier hundimiento controlado o ejercicio de tiro sobre ellos.
La Armada descartó la opción de conservar el Infanta Elena como buque museo, una posibilidad que en ocasiones anteriores ha permitido preservar unidades históricas de la flota española convertidas en piezas de exhibición en distintos puertos del país. En este caso, la decisión final ha sido emplear el casco desnudo como blanco en un ejercicio de fuego real de alta exigencia, en el que se evaluarán armamento y capacidades de ataque de otras unidades de la Armada en un entorno operativo.
El desenlace del Infanta Elena forma parte del proceso de renovación de la flota española, que en los últimos años ha ido sustituyendo unidades de las décadas de 1970 y 1980 por buques de nueva generación, entre ellos las fragatas F-110, cuya construcción impulsa Navantia, heredera de la antigua Bazán que en su día botó al propio Infanta Elena.
Con el hundimiento previsto del casco en un ejercicio de tiro cuya fecha exacta no ha trascendido, la Armada cerrará la trayectoria operativa de una de las corbetas de la clase Descubierta que marcaron la proyección exterior de la flota española tras la Transición, desde el Golfo Pérsico hasta el Índico, y que durante casi medio siglo formó parte del inventario naval del país.


