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La psicología vincula la posguerra con la gestión emocional del baby boom

La teoría de la selectividad socioemocional de Stanford explica por qué quienes nacieron entre 1945 y 1965 desarrollaron mecanismos de adaptación forjados en la escasez.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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La psicología del desarrollo plantea que las personas nacidas entre 1945 y 1965 —la llamada generación del baby boom— habrían desarrollado una capacidad particular para gestionar la incertidumbre y priorizar sus emociones, según distintos trabajos divulgados este sábado 29 de agosto de 2026.

La psicología del desarrollo lleva décadas explorando cómo las circunstancias históricas moldean el carácter de cada generación. La infancia, sostienen los especialistas, constituye el periodo más determinante en la formación de la personalidad: el entorno familiar, los referentes sociales, los juegos y también las dificultades atravesadas en los primeros años dejan una huella duradera en la manera de interpretar el mundo y de responder a él. No se trata, subrayan estos trabajos, de una característica innata ni exclusiva de una generación, sino del resultado de haber crecido en un contexto de profundas transformaciones sociales, económicas e históricas.

En el caso de la generación nacida entre el final de la Guerra Civil española y mediados de los años sesenta, ese entorno estuvo condicionado por la escasez material, la reconstrucción de infraestructuras y economías devastadas, y una incertidumbre generalizada sobre el futuro inmediato. En España, la infancia de esa cohorte estuvo marcada por el racionamiento y la contención del consumo, un periodo que se prolongó durante buena parte de la década de 1950 antes de la apertura económica posterior.

Ese contexto, sugieren estos estudios, habría funcionado como un entrenamiento involuntario en tolerancia a la frustración. Crecer con recursos limitados y sin garantías sobre la evolución del país habría obligado a muchas personas a aprender desde niños a distinguir qué merecía una respuesta emocional intensa y qué convenía relativizar, una habilidad que los psicólogos del desarrollo asocian a la regulación emocional selectiva.

La teoría de Stanford sobre el tiempo percibido

El marco teórico que sustenta esta interpretación es la teoría de la selectividad socioemocional, formulada por Laura Carstensen en la Universidad de Stanford y desarrollada en el campo de la psicología del envejecimiento. Según este modelo, cuando una persona percibe que el tiempo o los recursos son limitados, reorganiza de forma espontánea sus prioridades: reduce la inversión emocional en conflictos secundarios o vínculos superficiales y concentra su energía en relaciones significativas y objetivos con valor real.

Carstensen desarrolló originalmente esta teoría para explicar por qué las personas mayores tienden a mostrar mayor bienestar emocional que los jóvenes pese a enfrentar más pérdidas, un hallazgo contraintuitivo documentado en estudios sobre envejecimiento y emoción. La extensión de ese marco a la generación del baby boom sugiere que la misma lógica —priorizar lo esencial ante la incertidumbre— pudo activarse tempranamente en quienes crecieron en la posguerra, no por reflexión filosófica, sino, según estos trabajos, por la necesidad práctica de conservar energía emocional en un entorno de escasez.

Ninguno de estos trabajos afirma que se trate de una ventaja genética o de un rasgo fijo. Los investigadores insisten en que la personalidad se construye por la interacción entre disposición individual y contexto, de modo que generaciones posteriores expuestas a dificultades comparables —crisis económicas, pandemias, conflictos— podrían desarrollar mecanismos similares.

La psicología del desarrollo distingue, además, entre la exposición a dificultades moderadas, que puede favorecer lo que se conoce como resiliencia adaptativa, y la exposición a adversidad extrema o sostenida sin red de apoyo, que tiende a generar el efecto contrario: mayor vulnerabilidad emocional y dificultades de regulación en la vida adulta. La clave, señalan los especialistas, está en si esas experiencias de escasez estuvieron acompañadas de vínculos familiares estables y recursos mínimos de sostén. Esta resiliencia, precisan, no consiste en ignorar las emociones, sino en desarrollar herramientas para mantener el equilibrio cuando las circunstancias cambian de forma inesperada.

Entre las habilidades que estos estudios atribuyen a buena parte de la generación del baby boom figuran la capacidad de diferenciar los problemas relevantes de los prescindibles, una mayor tolerancia a la frustración derivada de las limitaciones cotidianas, facilidad para adaptarse a cambios inesperados y una tendencia a conceder más importancia a las relaciones personales que a la acumulación de bienes materiales.

No obstante, los propios investigadores advierten de que este aprendizaje no estuvo exento de costes emocionales. La necesidad de posponer o contener emociones para sobrevivir en contextos de escasez pudo derivar, en algunos casos, en dificultades para expresar afecto abiertamente o en una tendencia a minimizar problemas emocionales propios y ajenos, un patrón que la psicología clínica ha vinculado en ocasiones con estilos de apego evitativo o con resistencia a buscar ayuda profesional en la edad adulta.

Un efecto de cohorte, no una regla individual

Los especialistas subrayan que estas conclusiones operan a nivel de tendencia estadística generacional y no como una ley aplicable a cada individuo nacido en ese periodo. Factores como la clase social, el entorno familiar concreto, el género o la región de residencia introdujeron variaciones sustanciales dentro de la propia generación, tanto en España como en el resto de Europa occidental.

El interés por estas diferencias generacionales no es nuevo en la psicología social. Desde los años setenta, la sociología y la psicología evolutiva han estudiado el llamado efecto cohorte, es decir, cómo los acontecimientos históricos compartidos por un grupo de edad —guerras, crisis económicas, cambios tecnológicos— condicionan actitudes y comportamientos de forma diferenciada respecto a otras generaciones. El sociólogo estadounidense Glen Elder, con su investigación sobre los niños que crecieron durante la Gran Depresión, sentó precedentes metodológicos que siguen citándose en este campo.

La proyección de este debate hacia el presente resulta pertinente en un contexto marcado por crisis sucesivas —la pandemia de covid-19, la inflación posterior y la inestabilidad geopolítica— que algunos psicólogos comparan, con las debidas cautelas, con los efectos formativos de la posguerra sobre las generaciones más jóvenes. Si la teoría de la selectividad socioemocional se confirma, cabría esperar que quienes atraviesen su infancia o adolescencia durante estos periodos desarrollen con el tiempo mecanismos de priorización emocional similares a los descritos para el baby boom. Solo estudios longitudinales realizados dentro de varias décadas podrán verificarlo.

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