El mecanismo no distinguiría entre banderas, escudos de fútbol o logotipos corporativos: cualquier símbolo reconocible al instante bastaría para activar esa preferencia por el propio grupo, incluso sin motivo objetivo alguno. Una bandera en el retrovisor o en la ventanilla cumpliría esa función mejor que casi cualquier otro objeto, porque no necesita explicación ni contexto para que el resto de conductores identifique de inmediato a qué grupo dice pertenecer quien la porta, ya sea frente a otro país durante un Mundial o frente al resto de conductores anónimos.
Un estudio publicado en 2016 en el Journal of Personality and Social Psychology, firmado por las investigadoras Shannon Callahan y Alison Ledgerwood, analizó específicamente el papel psicológico de banderas y logotipos como marcadores de cohesión. El hallazgo central fue que la sola presencia de un símbolo hace que un grupo de personas se perciba como una unidad más real y cohesionada de lo que resultaría sin ese emblema.
Ese mismo trabajo encontró un matiz añadido: los grupos con un símbolo propio no solo se perciben como más unidos desde dentro, sino también como más amenazantes para quienes los observan desde fuera. Trasladado a la carretera, una bandera cumpliría la misma función que un escudo de equipo o un logotipo de empresa, señalando pertenencia y marcando distancia con quien no la lleva.
La psicóloga Linda Skitka publicó en 2005, en el Journal of Applied Social Psychology, un estudio sobre por qué tres de cada cuatro estadounidenses colgaron una bandera en su casa, su ropa o su coche tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, gesto que en su momento se interpretó casi siempre como patriotismo puro. Aquel trabajo, basado en una muestra de 605 personas, encontró más apoyo para la idea de que ese gesto respondía a patriotismo —amor al país y cohesión con el propio grupo— que a nacionalismo, entendido como rechazo automático a lo extranjero.
La conclusión de estas investigaciones no niega que exista amor genuino al país en quienes exhiben una bandera; sugiere que incluso ese sentimiento sincero puede leerse, desde la psicología social, como una forma adicional de reforzar el sentido de pertenencia a un colectivo reconocible. Es un patrón que la ciencia lleva más de medio siglo documentando en contextos muy distintos al automóvil.
El coche introduce un matiz que ni Tajfel ni Skitka pudieron estudiar en su momento: la movilidad del símbolo. Una bandera fija en un balcón se expone a un público limitado y constante; una que viaja por carreteras, gasolineras y atascos alcanza a un público mucho más amplio y variado, lo que multiplicaría su función de señal social. Estudios posteriores sobre símbolos móviles, desde pegatinas hasta matrículas personalizadas, habrían confirmado esta dinámica en distintos países.
El fenómeno excede la carretera y explica también la exhibición masiva de banderas y escudos en el deporte, como la que rodeó el reciente Gran Premio de España en Madrid. Ninguna de estas investigaciones sostiene que la bandera en el coche carezca de significado patriótico; plantean que ese significado convive con un mecanismo psicológico más amplio y anterior, documentado desde los años setenta, que no distingue entre símbolos nacionales, deportivos o comerciales a la hora de generar identidad y cohesión de grupo.

