El fenómeno resultará familiar a cualquiera que abra su ordenador por la mañana: una pestaña de correo, otra de una búsqueda a medio terminar, una tercera con un documento de trabajo y, sin que medie una decisión consciente, la cifra crece hasta perder la cuenta. Según el estudio citado, esa acumulación no responde tanto a la falta de organización como a una respuesta psicológica ante la incertidumbre y la cantidad de información disponible en la red.
Los autores explican que la memoria de trabajo humana —la que permite retener y manipular información de forma inmediata— solo es capaz de procesar entre cinco y siete elementos de manera simultánea. Cada pestaña abierta, aunque no esté siendo consultada en ese momento, compite por una parte de esa capacidad limitada, de forma que el cerebro dedica recursos a procesar en segundo plano información que el usuario cree haber dejado de lado.
Ese consumo de recursos cognitivos tiene un correlato en el rendimiento. El cambio constante entre pestañas, señalan los investigadores, no equivale a hacer varias tareas a la vez —lo que comúnmente se llama multitarea—, sino a un proceso denominado conmutación de tareas, que puede restar hasta un 40% del tiempo productivo de una persona, de acuerdo con las estimaciones recogidas en el estudio. Cada salto entre ventanas deja un residuo de atención en la tarea anterior, lo que se traduce en más errores y mayor lentitud.
Uno de los mecanismos psicológicos que el trabajo pone sobre la mesa es el conocido como efecto Zeigarnik, descrito originalmente por la psicóloga soviética Bluma Zeigarnik en la década de 1920 tras observar que los camareros recordaban con más facilidad los pedidos pendientes de cobro que los ya cerrados. Aplicado al entorno digital, cada pestaña abierta funcionaría como un recordatorio visual de una tarea sin concluir, lo que impide al cerebro relajarse por completo incluso cuando el usuario no está mirando la pantalla.
A esa tensión se suma un componente de recompensa: abrir una nueva pestaña activa circuitos cerebrales asociados a la dopamina, el neurotransmisor vinculado a la búsqueda de novedad y gratificación inmediata. Los investigadores advierten de que ese mecanismo, repetido de forma constante a lo largo del día, puede desensibilizar progresivamente el sistema de recompensa y dificultar la concentración necesaria para la lectura o el pensamiento profundo, una preocupación que en los últimos años ha ganado espacio en la literatura sobre atención y uso de pantallas.
Conviene precisar que la vinculación entre este hábito y la ansiedad, tal y como se ha difundido, mezcla una conducta digital observable —la acumulación de pestañas— con teorías sobre sobrecarga cognitiva que, aunque respaldadas por investigación académica, no constituyen una ley psicológica universal ni permiten diagnosticar a un individuo concreto a partir de un solo comportamiento. Factores como la personalidad, el tipo de trabajo o la costumbre juegan también un papel relevante, según subraya la comunidad científica en torno a la psicología cognitiva.
Estrategias para reducir la sobrecarga
Frente a este panorama, el estudio y otras fuentes especializadas en productividad digital proponen medidas concretas que, según sostienen, funcionan mejor cuando se automatizan que cuando se dejan a la fuerza de voluntad. Entre las herramientas mencionadas figuran extensiones de navegador como OneTab, que permite cerrar de golpe todas las pestañas abiertas y convertirlas en una lista de enlaces dentro de una única pestaña, o Toby, que organiza sesiones completas por categorías para abrirlas solo cuando resulten necesarias.
Otra vía consiste en sustituir el hábito de dejar pestañas abiertas «para leer más tarde» por aplicaciones de lectura diferida, como Pocket, Raindrop.io o Notion, que permiten guardar un artículo con un solo clic y cerrar la pestaña de inmediato. Los especialistas recomiendan reservar un bloque semanal de unos treinta minutos para revisar ese material acumulado, en lugar de dejarlo disperso de forma indefinida en el navegador.
Una carpeta temporal en la barra de marcadores, vaciada al final de cada jornada laboral, puede servir como espacio intermedio para investigaciones puntuales sin que los enlaces queden flotando de manera permanente. La medida más drástica, según recoge el estudio, es cerrar por completo el navegador antes de apagar el ordenador y renunciar a la opción de retomar la sesión anterior, de forma que la jornada siguiente comience con una única pestaña en blanco.
Este tipo de investigaciones se enmarca en un campo de estudio en expansión sobre los efectos del entorno digital en la atención y el bienestar mental, un terreno en el que la propia Carnegie Mellon figura como referencia en interacción humano-computador desde hace décadas. No existen, hasta la fecha, cifras oficiales de organismos de salud pública que cuantifiquen a escala poblacional el impacto de este hábito concreto, por lo que los datos disponibles proceden fundamentalmente de estudios académicos y observacionales como el citado.
Los propios autores del trabajo insisten en que no se trata de patologizar una costumbre extendida, sino de entender los mecanismos cognitivos que la sostienen para ofrecer herramientas prácticas de gestión de la atención en un contexto de exposición constante a pantallas y flujos de información. La recomendación general pasa por la prevención de rutinas antes que por soluciones puntuales, en línea con otras estrategias de higiene digital que se han consolidado desde la irrupción masiva del teletrabajo y el uso intensivo de dispositivos conectados en la última década.

