Sin electricidad estable, el bombeo se interrumpe durante horas o días enteros, y el agua que finalmente llega a los hogares lo hace con una calidad sanitaria comprometida. La red hidráulica de la capital, construida en buena parte en las décadas de 1960 y 1970, arrastraba fugas y averías crónicas antes de que los cortes eléctricos recurrentes dejaran sin funcionamiento parte de las bombas.
Esa combinación de cortes de agua y fallos eléctricos ha generado las condiciones para la proliferación de enfermedades diarreicas, un tipo de patología directamente vinculada a la falta de agua potable y al deterioro de la higiene básica en los hogares. La ausencia de agua corriente obliga a muchas familias a almacenar el líquido en recipientes sin garantías de salubridad, lo que multiplica el riesgo de contaminación.
La crisis se enmarca en el embargo económico que Estados Unidos mantiene sobre Cuba desde hace más de seis décadas, una medida que limita el acceso de la isla a piezas de repuesto, tecnología y financiación internacional para modernizar infraestructuras críticas como la red eléctrica o el abastecimiento de agua. Las autoridades cubanas han atribuido de forma reiterada el deterioro de estos servicios a las restricciones derivadas del bloqueo, mientras organismos internacionales apuntan también a la falta de mantenimiento y a la obsolescencia de la red.
El trasfondo sanitario se solapa con un escenario de tensión militar: Estados Unidos ha ordenado a su Ejército prepararse para un eventual despliegue sobre Cuba con refuerzos de carácter policial, médico y logístico. Esta circunstancia añade incertidumbre sobre la capacidad de respuesta sanitaria de la isla ante un brote que, de confirmarse su extensión, requeriría una movilización de recursos médicos y de suministro de agua potable a gran escala.
La desestabilización de rutinas básicas —ya sea el sueño o el acceso al agua— tiene un correlato directo en la salud pública de una población expuesta de forma prolongada a esas carencias, un vínculo entre entorno y organismo que la literatura médica documenta en campos diversos, desde el estrés laboral hasta la privación de agua potable. En ese registro se inscribe, por ejemplo, el trabajo en el que Estivill compara los turnos nocturnos de enfermería con un jet lag permanente.
Cuba no es un caso aislado. Crisis hídricas de magnitud comparable se han documentado en países con infraestructuras deterioradas y sometidos a sanciones o conflictos prolongados, como Venezuela o Siria, donde los cortes de agua y electricidad han derivado igualmente en brotes de cólera o gastroenteritis aguda. La Organización Mundial de la Salud ha subrayado en diversos informes que el acceso al agua potable es uno de los determinantes más directos de la mortalidad infantil y de la propagación de enfermedades infecciosas en contextos de crisis prolongada.
La cifra de 3,5 millones de afectados aportada por Naciones Unidas equivale a casi un tercio de la población total de la isla, estimada en algo más de 11 millones de habitantes. Un brote de esa dimensión situaría la emergencia hídrica de La Habana entre las mayores de la región en términos de población expuesta.


