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El IPC de EU sube 0.4% en agosto por la gasolina y complica a la Fed antes de subir tasas

La inflación anual se mantuvo en 3.4% y el diésel superó los seis dólares por galón, según la asociación automovilística estadounidense.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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Estados Unidos registró en agosto un IPC mensual de 0.4%, frente al 0.1% de junio-julio, según los datos oficiales publicados este viernes, mientras la inflación interanual permaneció estable en 3.4%. El motor del repunte no fue una sorpresa macroeconómica: fue el precio de la gasolina, empujado por la reanudación de las hostilidades entre Washington y Teherán en torno al estrecho de Ormuz.

El diésel —combustible de tractores y camiones, la sangre logística de cualquier economía— rebasó el viernes los seis dólares por galón (3.8 litros), según la asociación automovilística estadounidense. El umbral tiene peso: a principios de año, antes de que Washington reanudara las hostilidades con Teherán, ese mismo galón costaba alrededor de 3.5 dólares. La escalada de casi 2.5 dólares en ocho meses no salió de un desequilibrio de oferta ordinario, sino de una decisión de política exterior.

La publicación del dato estuvo precedida por una tensión inusual. Si la cifra se percibe como mala, podría incitar a la Reserva Federal a subir sus tipos de interés la semana entrante, justo lo contrario de lo que reclama el presidente Donald Trump a pocas semanas de las elecciones legislativas de medio mandato. Una subida de tasas encarece el acceso al crédito, y el antiguo promotor inmobiliario hace campaña por tipos más bajos para abaratar el crédito y estimular la economía.

La contradicción es directa: la guerra que Trump desencadenó junto a Israel contra Irán el 28 de febrero provocó un repunte de la inflación en su propio país. El inicio de septiembre estuvo marcado por una nueva disparada de los precios en las gasolineras, ligada a la reanudación de las hostilidades militares en torno al estratégico estrecho de Ormuz. Cada camión de carga que llena el tanque en Ohio o Texas paga esa factura, que después se refleja en el precio de lo que transporta.

La Reserva Federal, que fija su meta de inflación en torno al 2%, observa un dato con lectura doble. Si la subida de precios se percibe como controlada, puede mantener el rumbo; si se percibe como un problema, la presión para subir tasas se vuelve difícil de resistir. La Fed no responde a la Casa Blanca ni a calendarios electorales, al menos en el papel, pero la historia monetaria estadounidense —desde el ajuste de Paul Volcker a comienzos de los años ochenta para doblegar la inflación de dos dígitos— muestra que ningún banco central opera al margen del ruido político.

El diésel a seis dólares antes de noviembre

La comparación con México resulta ilustrativa por contraste. Aquí el precio de los combustibles ha sido un termómetro de estabilidad tan sensible que administraciones de distinto signo han evitado moverlo sin colchón fiscal de por medio; el llamado gasolinazo de enero de 2017, con alzas de hasta 20% tras la liberalización de precios, desató protestas y bloqueos en varios estados. En Estados Unidos, en cambio, el mercado fija el precio sin subsidios que amortigüen el golpe, lo que convierte cada escalada bélica en un gravamen instantáneo sobre el consumidor, sin que el Congreso vote nada.

El material oficial estadounidense apunta a algo más que la cifra: la paciencia de los consumidores se reduce al mismo ritmo que la de los responsables de política monetaria encargados de contener los precios. Trump exige un resultado —tasas bajas— que ni la guerra que él sostiene ni el mercado petrolero parecen dispuestos a concederle. La inflación al productor de agosto también superó las expectativas por el alza del diésel, según las cifras difundidas esa semana, lo que anticipa nuevas presiones sobre los precios al consumidor.

Queda la paradoja de fondo: un presidente que hizo del crédito barato su bandera de campaña enfrenta que su propia política exterior en Ormuz encarece justo lo que prometió abaratar. A pocas semanas de los comicios de medio mandato, la gasolinera se ha vuelto el primer tablero donde los votantes califican la mezcla de guerra y promesas económicas.

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