La anatomía del intercambio: qué se atacó y qué no
El ciclo de agresiones mutuas entre Israel e Irán que culmina en esta pausa táctica arrancó formalmente el 1 de octubre de 2024, cuando Teherán lanzó aproximadamente 180 misiles balísticos contra territorio israelí —la cifra más elevada en un ataque directo desde la guerra del Golfo de 1991—, según datos recogidos por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) en su seguimiento del conflicto. Israel respondió semanas después con ataques aéreos selectivos sobre infraestructuras militares iraníes, evitando deliberadamente instalaciones nucleares y reservas de petróleo, en un mensaje calculado: demostrar capacidad de penetración sin cerrar la puerta a la desescalada.
El patrón no es casual. Desde la doctrina de la 'campaña entre guerras' (mabam en hebreo), acuñada por el Ejército israelí a principios de la década de 2010, Tel Aviv ha preferido acciones quirúrgicas y negables antes que confrontaciones convencionales sostenidas. La novedad del ciclo actual reside en que por primera vez ambos países se atacan mutuamente de forma abierta y reconocida, rompiendo la dinámica de décadas de guerra en la sombra —asesinatos de científicos nucleares, ciberataques como Stuxnet en 2010, sabotajes a instalaciones— que había mantenido la ficción de la no beligerancia directa.
La presión de Trump y sus límites reales
La administración Trump, regresada a la Casa Blanca en enero de 2025, ha intentado posicionarse como árbitro de la región desde el primer día, ofreciendo a Irán negociaciones sobre su programa nuclear a cambio de un congelamiento de hostilidades. Sin embargo, la influencia real de Washington sobre las decisiones tácticas de Netanyahu ha demostrado ser más limitada de lo que sugería la retórica bilateral. Fuentes diplomáticas consultadas por agencias occidentales señalan que Israel comunicó a Estados Unidos sus planes de respuesta con pocas horas de antelación, no con tiempo suficiente para vetarlos, sino solo para intentar reducir su alcance.
Esta tensión entre aliados no es nueva. Durante la administración Biden, Tel Aviv también operó con notable autonomía en Gaza pese a las repetidas llamadas a la contención de Washington. Lo que distingue el episodio actual es que Trump había apostado capital político personal ante Teherán —con contactos diplomáticos indirectos a través de Omán, según informó Reuters— y la respuesta israelí complicó esa geometría negociadora. La Casa Blanca ha optado por presentar el resultado como una victoria: haber limitado la escala de la represalia. Netanyahu, por su parte, ha subrayado que Israel actúa según sus propios intereses de seguridad.
Irán: la aritmética interna de un régimen bajo presión
Comprender la posición iraní exige atender a sus vulnerabilidades domésticas. El PIB de Irán, según estimaciones del Fondo Monetario Internacional para 2024, ronda los 400.000 millones de dólares en paridad de poder adquisitivo, con una inflación que ha superado el 40% anual de forma casi ininterrumpida desde 2018, año en que Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear JCPOA y reinstauró sanciones. El rial iraní ha perdido más del 80% de su valor frente al dólar en ese periodo, según datos del Banco Central de la República Islámica. Este deterioro económico alimenta una contestación social latente —ilustrada por las protestas de 2019 y 2022— que el régimen de los ayatolás gestiona, en parte, proyectando hacia el exterior su narrativa de resistencia.
El ataque del 1 de octubre respondía también a una lógica interna: el asesinato del líder político de Hamás, Ismail Haniyeh, en Teherán el 31 de julio de 2024, y la muerte del jefe de Hizbulá, Hasán Nasralá, en septiembre del mismo año, representaron dos golpes sucesivos a la red de proxies que constituye el núcleo del poder regional iraní —el llamado 'Eje de la Resistencia'—. No responder habría erosionado gravemente la credibilidad disuasoria de la República Islámica ante sus propios aliados en Iraq, Yemen y Siria.
Hizbulá y el frente libanés: la variable que no se cierra
La pausa entre Israel e Irán no equivale a estabilidad regional. El frente libanés concentra ahora la mayor parte de la incertidumbre. Hizbulá, que ha mantenido un intercambio de fuego con Israel a lo largo de toda la franja fronteriza norte desde octubre de 2023, ha quedado militarmente debilitado tras la muerte de Nasralá y una serie de operaciones israelíes contra su mando intermedio. Sin embargo, conserva un arsenal estimado —por el IISS y el Center for Strategic and International Studies (CSIS)— de entre 100.000 y 150.000 proyectiles, incluyendo misiles de precisión capaces de alcanzar Tel Aviv.
El acuerdo de alto el fuego entre Israel y Líbano alcanzado en noviembre de 2024, mediado por Estados Unidos y Francia, preveía la retirada israelí del sur del Líbano y el despliegue del Ejército libanés hasta el río Litani, en aplicación de la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada en 2006 tras la guerra de ese verano. Ese marco, que ya incumplieron ambas partes durante casi dos décadas, vuelve a estar en tensión. Israel ha dejado claro que cualquier rearmamiento de Hizbulá con apoyo iraní constituirá un casus belli. Teherán, despojada de su figura más representativa en la organización, busca reconstituir la cadena de mando sin ofrecer un blanco evidente.
La geometría de las alianzas: OTAN, Rusia y el vacío árabe
El conflicto Israel-Irán se inserta en una recomposición más amplia del orden regional que involucra a potencias externas con intereses contrapuestos. Rusia, inmersa en su guerra en Ucrania, ha mantenido relaciones funcionales con Irán —incluyendo la compra de drones Shahed para su campaña en el este europeo, documentada por el Centro de Inteligencia de Código Abierto de Ucrania (OSINT) y confirmada por Bruselas— sin respaldar explícitamente los ataques de Teherán contra Israel. Moscú tiene intereses contradictorios: no quiere una escalada que lo distraiga de Ucrania, pero tampoco desea que Washington consolide su posición de árbitro en Oriente Próximo.
La Unión Europea, a través de su jefe de diplomacia, ha llamado al diálogo sin capacidad real de proyectar poder en el teatro. La OTAN, formalmente ajena al conflicto, tiene dos aliados —Estados Unidos y Turquía— con posiciones divergentes: Ankara, que mantiene relaciones comerciales con Irán y ha criticado la ofensiva israelí en Gaza, dificulta cualquier posicionamiento colectivo de la Alianza. El mundo árabe, por su parte, está fragmentado: Arabia Saudí, que negociaba con Israel su normalización antes del 7 de octubre de 2023 bajo auspicio estadounidense, ha congelado ese proceso; Emiratos y Baréin, firmantes de los Acuerdos de Abraham en 2020, guardan silencio incómodo.
Antecedente histórico: la guerra de 1973 y la lógica de la disuasión escalonada
El episodio más cercano en términos de estructura —dos potencias regionales que se atacan directamente, con una superpotencia intentando modular la escala— es la guerra de Yom Kipur de octubre de 1973, cuando Egipto y Siria atacaron Israel con armamento soviético mientras Washington suministraba a Tel Aviv en tiempo real. Aquella crisis llevó al mundo al umbral de una confrontación nuclear cuando la URSS amenazó con intervenir directamente si Israel avanzaba sobre el III Ejército egipcio cercado. Nixon declaró alerta nuclear (DEFCON 3) para disuadir a Moscú. La analogía tiene límites claros —Irán no cuenta con el paraguas de una superpotencia comprometida con su defensa—, pero ilustra cómo la dinámica de escalada controlada puede escapar a los cálculos de sus protagonistas en cuestión de horas.
Lo que sí comparten ambos episodios es la centralidad de la credibilidad disuasoria: ambos bandos necesitan demostrar que responderán, pero ninguno puede permitirse una guerra total. Israel no tiene profundidad estratégica —su territorio de frontera a frontera en su punto más estrecho mide menos de 15 kilómetros—; Irán no puede sostener una guerra convencional prolongada con su economía bajo sanciones y una clase media urbana que le retira progresivamente la legitimidad.
Qué determina los próximos pasos y en qué plazos
Los próximos treinta a sesenta días son críticos por varias razones concurrentes. En primer lugar, las negociaciones indirectas entre Washington y Teherán sobre el programa nuclear iraní —cuya capacidad de enriquecimiento de uranio ha alcanzado el 60% de pureza, según el último informe trimestral del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de 2024, umbral que técnicamente precede al 90% necesario para un arma— deben producir algún resultado tangible si quieren evitar que Israel actúe unilateralmente sobre las instalaciones nucleares de Fordow o Natanz. En segundo lugar, el mandato del actual alto el fuego en Líbano, prorrogado sucesivamente, debe renovarse o consolidarse en acuerdo formal antes de que el vacío de autoridad en Hizbulá sea llenado por una nueva cúpula con incentivos para demostrar músculo.
En tercer lugar, el gobierno de Netanyahu afronta un calendario judicial propio —el primer ministro está procesado por corrupción, fraude y abuso de confianza en tres causas abiertas ante el Tribunal de Distrito de Jerusalén— que históricamente ha interferido con su gestión de la política exterior, según han documentado politólogos israelíes como Gideon Rahat. La coincidencia de presión externa e interna configura un escenario de riesgo elevado en el que una provocación menor —un misil de Hizbulá sobre una ciudad israelí, un ataque israelí que cause bajas civiles iraníes significativas— puede reactivar la espiral con rapidez. La pausa es real, pero su solidez depende de variables que ninguno de los actores controla del todo.


