«A ambos lados de la calzada, y a una distancia de unos 20 metros de esta se establecían las cunetas de balizamiento que impedían el acceso sin control de los vehículos desde fuera de la vía», señala Moreno Gallo en el vídeo, en el que recorre paso a paso la técnica constructiva romana aplicada a estas infraestructuras, algunas de las cuales siguen visibles en la península ibérica más de dos milenios después.
Esas cunetas no cumplían solo una función de delimitación física. El ingeniero sostiene que también actuaban como elemento de seguridad para quienes circulaban por la vía, al despejar el entorno inmediato de posibles obstáculos o amenazas.
«Estas cunetas, cuya existencia se ha descubierto recientemente, también aumentaban la visibilidad del espacio periférico, evitaban sorpresas con la fauna salvaje y dificultaban el acecho de eventuales asaltantes», explica Isaac Moreno Gallo, historiador experto en ingeniería.
El proceso de construcción arrancaba mucho antes de colocar la primera piedra. Según relata el experto, «primero se procedía a deforestar una amplia zona desbrozando toda la vegetación. Después en la tierra que se había proyectado la vía se retiraba la tierra vegetal hasta encontrar una base sólida». Sobre ese firme, los ingenieros romanos fijaban el ancho definitivo con bordillos que servían de referencia para todas las capas posteriores: «A continuación, sobre esta base, se colocaban los bordillos de acuerdo con el ancho escogido para la vía».
Entre los bordillos se levantaba la estructura interior de la vía con piedras de distinto tamaño. «Entre los bordillos se colocaban piedras gruesas que servían como cimentación y sobre ellas otras capas de piedras más pequeñas mezcladas con áridos finos, para evitar que quedasen huecos», expone. La última capa, la de rodadura, se completaba con zahorras, una mezcla de gravillas, arena y arcilla.
«Los carros basculantes avanzaban sobre las diferentes capas ya compactadas para depositar los materiales de la siguiente», señala Isaac Moreno Gallo, historiador experto en ingeniería.
Cada tramo seguía un método por fases antes de avanzar al siguiente. «En un proceso en el que después del vertido en montones debía realizarse el extendido con tablones, el regado con cubas y la compactación con rodillos», detalla el experto, que atribuye a esa secuencia de extensión, riego y compactación la resistencia de estas infraestructuras al paso de los siglos. En la península se conservan trazados como la Vía de la Plata, que unía Emérita Augusta (Mérida) con Astorga, testimonio de esa técnica.
El diseño final tampoco dejaba nada al azar frente a la lluvia. «La geometría final de la calzada ofrecía ligeras pendientes laterales que permitían desaguar el agua de lluvia del exterior para ser conducida lejos de la calzada», concluye Moreno Gallo, en referencia a un sistema de drenaje documentado en distintos tramos conservados de la red viaria romana.

