El cruce de acusaciones se produce en un momento de tensión en torno a Yemen, donde los hutíes mantienen frentes abiertos tanto contra Arabia Saudí como contra las fuerzas del Gobierno yemení reconocido internacionalmente. Rubio afirmó el martes que «los hutíes son en muchos sentidos agentes y representantes de los iraníes» y que «claramente, detrás de parte de esto está la mano de Irán», en referencia a los ataques de la milicia contra Riad y contra el Ejecutivo de Yemen respaldado por la comunidad internacional. El secretario de Estado precisó también que Estados Unidos «mantiene una relación militar defensiva muy sólida con Arabia Saudí» y que su Gobierno sigue «muy de cerca» la evolución de los enfrentamientos, sin concretar por el momento nuevas medidas o sanciones ligadas a este episodio.
Baqaei respondió a través de redes sociales, calificando de falsas las palabras del jefe de la diplomacia estadounidense y precisando que Ansaralá «no recibe órdenes de nadie ni actúa como representante de nadie». El portavoz trasladó la responsabilidad de la inestabilidad regional a Washington, al sostener que sus raíces «residen en las intervenciones militares y las políticas hegemónicas de Estados Unidos».
El representante iraní planteó además una condición explícita para reducir la tensión: «Si Washington realmente quisiera la paz, daría un paso muy sencillo: poner fin a sus intervenciones perniciosas y desestabilizadoras en nuestra región». Baqaei defendió que la solución al conflicto yemení «no puede imponerse mediante bombas y presión externa», sino que debe basarse en «negociaciones genuinas» ancladas en una hoja de ruta previamente pactada entre las partes, en alusión a un acuerdo marco alcanzado en su día entre Washington y Teherán y posteriormente desactivado en la práctica.
La postura estadounidense no se limita a las declaraciones de Rubio. La Embajada de Estados Unidos en Yemen publicó el miércoles un comunicado en el que sostuvo que «las acciones de los hutíes desencadenaron la actual escalada con el apoyo, ampliamente documentado, de Irán». La legación diplomática calificó a la milicia de «terroristas hutíes» aliados de Teherán y afirmó que estos «cometieron un error de cálculo al subestimar la determinación» del Gobierno legítimo yemení, de sus Fuerzas Armadas y de la población. Concluyó que los hutíes «solo han traído sufrimiento a Yemen» y han convertido al país «en una base para que Irán socave la unidad y la seguridad árabes».
Discrepancia sobre lo que dice la ONU
Para sostener su acusación, la Embajada estadounidense invocó una constatación del Consejo de Seguridad de la ONU en su declaración del 7 de agosto. Sin embargo, según el propio material, el texto de ese comunicado no menciona explícitamente a Irán: se limita a citar la resolución 2216, aprobada por el Consejo de Seguridad en 2015, que prohíbe «el suministro, la venta o la transferencia de armas y material relacionado, así como la asistencia técnica, la formación y la ayuda» a varios grupos, entre ellos los hutíes. La distancia entre lo que recoge el documento de la ONU y la interpretación que hace de él la diplomacia estadounidense añade ambigüedad al debate sobre las pruebas del vínculo entre Teherán y Saná.
La resolución 2216 constituye desde hace más de una década el marco normativo internacional de referencia para el conflicto yemení. Fue aprobada en 2015 tras la ofensiva hutí que expulsó al Gobierno reconocido de la capital, Saná, y ha servido tanto para justificar el embargo de armas a la milicia como para sustentar, según sus críticos, la intervención de la coalición liderada por Arabia Saudí que comenzó ese mismo año y que, según Naciones Unidas, ha dejado decenas de miles de víctimas civiles y una de las mayores crisis humanitarias del mundo.
El acuerdo marco al que aludió Baqaei tiene antecedentes en el pacto nuclear de 2015 (JCPOA), suscrito por Irán y las grandes potencias bajo la Administración de Barack Obama, del que Estados Unidos se retiró unilateralmente en 2018. Aquel abandono, atribuido por Teherán a incumplimientos de Washington, sigue marcando el tono de cada nuevo episodio de fricción entre ambas capitales y explica la desconfianza que atraviesa cualquier intento de negociación regional.
El trasfondo remite a la rivalidad de largo recorrido entre Arabia Saudí e Irán por la influencia en Oriente Próximo, un pulso que se libra en Yemen, Líbano, Siria e Irak a través de actores locales armados. Riad, aliado histórico de Washington y uno de los principales compradores de armamento estadounidense en la región, ve en los hutíes una amenaza directa a su seguridad fronteriza, mientras Teherán ha cultivado durante años vínculos con movimientos afines en distintos países árabes sin reconocer, según su versión oficial, relaciones de mando sobre ellos.
Yemen ocupa además una posición estratégica de primer orden: su litoral controla el acceso al estrecho de Bab el-Mandeb, paso entre el mar Rojo y el golfo de Adén por el que transita una parte sustancial del comercio marítimo entre Asia y Europa. Los ataques hutíes contra buques mercantes en esa ruta, que se intensificaron a raíz de la guerra en Gaza, obligaron a numerosas navieras a desviar su tráfico hacia el cabo de Buena Esperanza, con el consiguiente encarecimiento de fletes y plazos de entrega, un factor que añade presión internacional para contener a la milicia.
La disputa sobre si los hutíes son o no una prolongación de Irán no es nueva. Washington y Riad llevan años denunciando el suministro iraní de misiles, drones y componentes a la milicia yemení, algo que sucesivos paneles de expertos de la ONU han documentado parcialmente, aunque sin que Teherán reconozca una relación de subordinación. La reiteración de esas acusaciones por la actual Administración estadounidense, coincidiendo con el repunte de los combates entre los hutíes y el Ejecutivo yemení reconocido, apunta a una presión diplomática sobre Irán en un momento de fragilidad de los canales bilaterales.
A partir de ahora, el foco se traslada a si el intercambio de acusaciones desemboca en gestos concretos: nuevas sanciones estadounidenses vinculadas a la resolución 2216, un pronunciamiento adicional del Consejo de Seguridad que aclare su posición sobre el papel de Irán, o algún movimiento en el terreno militar yemení que module el discurso de ambas partes. Ninguna de las dos cancillerías ha planteado por ahora una vía de diálogo directo sobre este asunto, por lo que el enfrentamiento retórico entre Washington y Teherán, con Riad y Saná como escenario de fondo, parece llamado a prolongarse en las próximas semanas.


