La idea de fondo no es nueva en la obra del autor, que a lo largo de su carrera ha insistido en que la educación no es solo un instrumento para progresar profesionalmente, sino una vía de emancipación personal. En «El valor de educar» (1997), Savater defendía que la escuela debe formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, no únicamente trabajadores cualificados. La máxima que ahora recorre los portales de contenido encaja en esa misma línea argumental: cuanto menor es el bagaje cultural de una persona, mayor sería su dependencia de estímulos externos, generalmente de pago, para ocupar el tiempo libre.
El argumento distingue entre un ocio activo, que exige participación mental —leer con atención crítica, analizar una película, identificar estilos arquitectónicos en un paseo urbano— y un ocio pasivo, asociado al consumo de espectáculos, viajes o compras que requieren desembolso económico. Según esta tesis, la persona con mayor formación encuentra estímulo en actividades de coste bajo o nulo, mientras que la ausencia de herramientas intelectuales empujaría a buscar la novedad exclusivamente a través del gasto. Entre esos ejemplos de ocio de bajo coste suelen citarse la lectura crítica, las visitas a museos, el cine de autor, el turismo urbano centrado en la arquitectura, las tertulias de debate, los juegos de estrategia como el ajedrez o el aprendizaje autodidacta de idiomas.
Un ocio que encarece por encima de la inflación
La reflexión se inserta en un debate más amplio sobre el precio del ocio en España. Según la Encuesta de Presupuestos Familiares del Instituto Nacional de Estadística (INE), los hogares españoles destinan de media una partida significativa a ocio, espectáculos y cultura, un capítulo que en los últimos ejercicios ha evolucionado en paralelo al conjunto del gasto en consumo. Ese gasto en ocio comercial contrasta con el uso de recursos culturales de acceso gratuito o reducido, como las bibliotecas públicas o los museos estatales en franjas horarias específicas.
El Ministerio de Cultura, a través de su Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales, viene documentando una correlación entre el nivel educativo y el consumo cultural: a mayor formación académica, mayor frecuencia de asistencia a museos, lectura de libros y visionado de cine, actividades que en muchos casos resultan gratuitas o de coste reducido gracias a la red de bibliotecas, archivos y centros culturales financiados con fondos públicos.
Instituciones como el Museo del Prado, el Reina Sofía o la Biblioteca Nacional de España mantienen políticas de acceso gratuito o reducido en determinados horarios, una fórmula orientada a ampliar la afluencia de públicos con menor renta disponible. Estas iniciativas se enmarcan en el artículo 44 de la Constitución Española, que obliga a los poderes públicos a promover y tutelar el acceso a la cultura, «a la que todos tienen derecho».
Renta, tiempo y territorio: los matices críticos
No faltan objeciones a esta visión. Sociólogos y economistas del consumo han señalado que reducir la diferencia entre «cultos» e «ignorantes» a la cantidad de dinero gastado simplifica una realidad más compleja, en la que influyen la renta disponible, el tiempo libre real y el acceso territorial a las infraestructuras culturales. En numerosas zonas rurales, la ausencia de bibliotecas, museos o salas de cine de proximidad limita las opciones de ocio de bajo coste con independencia del nivel formativo de sus habitantes, un desequilibrio en la distribución de equipamientos culturales entre grandes ciudades y medio rural que arrastra el país desde hace décadas.
La cita de Savater admite también una lectura histórica dentro del pensamiento español contemporáneo. En el ensayismo de la Transición, autores como José Luis López Aranguren reflexionaron sobre el papel de la cultura frente a lo que describían como consumismo vacío, en un momento en que España experimentaba una rápida expansión del ocio comercial tras décadas de restricciones. Aquel debate de los años setenta y ochenta reaparece hoy adaptado al escenario de las plataformas de streaming, el turismo masivo y el ocio digital.
El propio Savater, nacido en San Sebastián en 1947, ha ocupado un lugar destacado en el debate público español desde los años setenta, primero como profesor de filosofía en la Universidad del País Vasco y después en la Universidad Complutense de Madrid. Su trayectoria combina el ensayo filosófico con la intervención política, con una etapa marcada por su activismo contra el terrorismo de ETA y la participación, en 2007, en la fundación del partido Unión, Progreso y Democracia (UPyD), del que se desvinculó años después. Autor de títulos como «Ética para Amador» y el citado «El valor de educar», ha defendido durante décadas que la formación intelectual es una herramienta de autonomía frente al consumo.
El debate sobre el coste del ocio y su relación con la formación no tiene un desenlace cerrado: distintas corrientes seguirán discutiendo si la cultura sustituye o simplemente complementa el consumo. Lo previsible es que la reflexión de Savater siga circulando como una máxima que apela a la responsabilidad individual, en paralelo a un debate institucional sobre cómo ampliar el acceso gratuito o subvencionado a bibliotecas, museos y centros culturales en todo el territorio, un objetivo que las administraciones vienen situando entre las prioridades de sus planes culturales para los próximos años.

