El edificio localizado en Casas del Turuñuelo se ha identificado como un santuario de época arcaica, datado entre los siglos VI y V antes de Cristo, según la Junta de Extremadura. La estructura conserva una escalinata monumental de acceso, un altar central destinado a las ceremonias y varias estancias vinculadas a prácticas rituales, un conjunto que, según el IAM, no tiene parangón documentado en otros enclaves tartésicos conocidos hasta la fecha.
La razón de su extraordinario estado de conservación se remonta a un episodio concreto ocurrido hace unos 2.500 años. Según un estudio del CSIC, en el patio del edificio se practicó un sacrificio de 52 animales: 41 équidos —entre caballos, asnos e híbridos—, seis bovinos, cuatro cerdos y un perro. Los investigadores lo consideran el mayor sacrificio animal documentado en el Mediterráneo occidental durante la primera Edad del Hierro.
Tras la ceremonia, los tartesios sellaron intencionadamente el edificio bajo un túmulo artificial de 90 metros de diámetro y 6 de altura. Ese enterramiento deliberado, lejos de destruir la estructura, la protegió de la erosión y del expolio durante milenios, lo que explica por qué ha llegado hasta la actualidad en un estado excepcional para la arqueología peninsular.
Entre los hallazgos con mayor repercusión científica figuran cinco relieves del siglo V antes de Cristo con rostros humanos, las primeras representaciones de este tipo atribuidas a Tartesia. Dos de las piezas, casi completas, muestran figuras femeninas ataviadas con arracadas propias de la orfebrería tartésica, mientras que entre los fragmentos restantes el equipo del CSIC ha identificado al menos a otros tres individuos, uno de ellos un guerrero del que se conserva parte del casco.
Este descubrimiento obliga a revisar una idea asentada durante décadas en la historiografía: la consideración de Tartesia como una cultura anicónica, es decir, una civilización que representaba a sus divinidades mediante motivos animales, vegetales o betilos —piedras sagradas— y no mediante figuras humanas. La aparición de rostros esculpidos introduce una variable nueva en la interpretación de sus creencias religiosas y su iconografía.
El enigma de la capital tartésica
La acumulación de hallazgos en Extremadura ha reabierto una pregunta que la arqueología ibérica arrastra desde hace más de un siglo: dónde estuvo el centro de poder de Tartesia, si es que existió como entidad política unificada con una capital reconocible. Los codirectores de las excavaciones, Esther Rodríguez González y Sebastián Celestino Pérez, sitúan el origen de esa civilización en el suroeste peninsular, en el entorno de la desembocadura del río Guadalquivir.
Preguntados por la ubicación de ese hipotético centro político, los responsables del proyecto se decantaron por la actual provincia de Huelva. «Si en algún momento Tarteso tuvo una capital, nuestra favorita sería Huelva», señalaron los arqueólogos en declaraciones, una hipótesis que se suma a otras candidaturas manejadas históricamente por la disciplina, entre ellas la propia desembocadura del Guadalquivir en su tramo andaluz.
La cuestión no es menor para la historiografía española. Tartesia aparece mencionada en fuentes grecolatinas —Heródoto, entre otros autores clásicos— como un reino próspero, rico en metales y con un rey legendario, Argantonio, pero la arqueología no ha logrado hasta ahora identificar con certeza una capital equiparable a las que sí se conocen en otras civilizaciones mediterráneas coetáneas, como las ciudades fenicias o griegas.
La campaña más reciente de excavación en Casas del Turuñuelo ha aportado un nuevo elemento de estudio: una tablilla de pizarra grabada con un abecedario paleohispánico meridional, acompañado de escenas con guerreros. El CSIC trabaja en el análisis de esta inscripción, que se suma al reducido número de alfabetos conocidos vinculados a la escritura del sur de la península ibérica, un sistema todavía no descifrado por completo por los especialistas.
El precedente más directo de este tipo de hallazgos en la región se remonta a finales del siglo XX y principios del XXI, cuando yacimientos como Cancho Roano, también en Badajoz, permitieron documentar por primera vez arquitectura tartésica monumental. Ninguno de esos enclaves anteriores, sin embargo, había proporcionado un conjunto tan completo de elementos —arquitectura, ritual, iconografía y escritura— combinados en un mismo espacio.
El Instituto de Arqueología de Mérida mantiene sus trabajos de campo en el yacimiento con financiación conjunta del CSIC y la Junta de Extremadura, dentro de un proyecto de investigación de largo recorrido que no tiene, por el momento, fecha de finalización anunciada. Cada nueva campaña estival se ha traducido en los últimos años en hallazgos que obligan a revisar publicaciones y consensos previos sobre la cultura tartésica.
El debate sobre la localización de Tarteso como entidad política sigue abierto entre los especialistas. Serán necesarias nuevas campañas de excavación, tanto en Extremadura como en los yacimientos del entorno del Guadalquivir en Andalucía, para determinar si existió realmente un centro de poder unificado o si, por el contrario, Tartesia funcionó como una constelación de asentamientos sin una capital única reconocible.

