Pujo-Menjouet, nacido en Saint Julien en Genevois (Francia) en 1973, se doctoró en matemáticas aplicadas a la medicina, con especial atención a las enfermedades hematológicas, antes de desviar parte de su carrera hacia un terreno poco habitual en su disciplina: la dinámica afectiva de las parejas. El encuentro con Rinaldi, relata, actuó como detonante de una pregunta que no ha dejado de perseguirle: por qué algunas relaciones se consolidan con el tiempo mientras otras se deterioran de forma progresiva hasta romperse. «¿Qué las fortalece? ¿Qué las debilita?», resume el autor entre las cuestiones que guían su trabajo.
Su respuesta descansa en tres parámetros. El primero es el atractivo, que en las fases iniciales suele asociarse al aspecto físico pero que, con los años, «se reemplaza por la amabilidad, el humor, la conexión intelectual, la complicidad», según describe. El segundo es la erosión: el proceso de habituación al otro por el que la novedad se diluye y las pequeñas irritaciones cotidianas ganan peso hasta que «las críticas se hacen más comunes». El tercero es la capacidad de respuesta emocional, es decir, cómo reacciona cada miembro de la pareja ante las muestras de afecto del otro.
Según el matemático, sus modelos sugieren que las relaciones más estables son aquellas con una respuesta emocional más simple y directa: «cuanto más me amas, más te amo; cuanto menos me amas, menos te amo». Por el contrario, las dinámicas de persecución y huida —«si me persigues, huyo; si te alejas, te persigo»— tienden, sostiene, a agotar el vínculo y a abocarlo con mayor frecuencia a la ruptura. A esas variables suma un factor de perturbación que abarca desde desacuerdos domésticos hasta traiciones, celos o crisis vitales.
Un umbral crítico tomado de la ecología de poblaciones
El elemento central de su propuesta es lo que denomina «umbral crítico», una medida de la fortaleza de la relación. Cuando ese umbral es bajo, explica, la confianza es sólida, hay menos celos y posesividad, y los desacuerdos, incluso los relevantes, tienden a superarse. Cuando es alto, hasta las discusiones menores pueden llevar la relación «a una situación de riesgo». «Identifico un umbral crítico que, si se atraviesa, hace la separación cada vez más probable», afirma.
El concepto procede, según el propio Pujo-Menjouet, de la ecología de poblaciones, y en particular del llamado efecto Allee, formulado por el zoólogo estadounidense Warder Clyde Allee. Ese principio describe cómo, por encima de un determinado tamaño poblacional, una especie dispone de recursos suficientes para reproducirse y resistir a depredadores, enfermedades o cambios en su entorno; por debajo de ese umbral, la probabilidad de extinción aumenta de forma progresiva salvo que intervenga un factor externo que revierta la tendencia.
El matemático cita como ejemplos de esa dinámica al tigre, el atún rojo del Atlántico o el oso pardo de los Pirineos. Traslada la lógica a las relaciones: cuando el afecto se ha debilitado por decepciones acumuladas, pérdida de confianza o resentimiento, la pareja entraría en una situación comparable a la de una población en riesgo, en la que cada nuevo conflicto reduce su capacidad de resistencia hasta que una discusión final —la «gota que colma el vaso»— la empuja por debajo del umbral. «El final de una pareja se asemeja al de una especie en extinción», sintetiza el autor.
La aplicación de las matemáticas al estudio de las emociones no es en sí una novedad. El trabajo de Rinaldi sobre Petrarca y Laura se inscribe en una tradición más amplia de las ciencias de los sistemas dinámicos, que desde mediados del siglo XX ha intentado modelar mediante ecuaciones diferenciales fenómenos tan diversos como la propagación de epidemias, las relaciones depredador-presa o los ciclos económicos. Trasladar ese aparato conceptual a los vínculos afectivos supone, en esa lógica, buscar regularidades en comportamientos que a simple vista parecen puramente subjetivos.
El propio Pujo-Menjouet enmarca su libro como una contribución al debate divulgativo sobre las dinámicas afectivas más que como un diagnóstico cerrado o un protocolo clínico. La cuantificación del amor tiene, además, una dimensión biográfica en su caso: mantiene una relación de más de veinte años con su marido, de los cuales la mitad han transcurrido ya casados, un dato que él mismo presenta como una comprobación —limitada a un único caso— de las variables que describe.
La publicación se produce en un contexto de creciente interés editorial por la intersección entre ciencia y vida cotidiana, un género que en las últimas décadas ha abordado desde la física del deporte hasta la economía de las decisiones domésticas. En paralelo, la evolución de la nupcialidad y las rupturas es objeto de seguimiento estadístico regular: en España, el Instituto Nacional de Estadística recoge cada año en su Estadística de Nulidades, Separaciones y Divorcios el número de disoluciones matrimoniales, aunque sin desagregar las causas últimas que las motivan.
Por el momento, la obra circula en el ámbito editorial anglosajón, sin que se haya anunciado fecha de traducción al castellano, y no está prevista su traslación a aplicaciones de terapia de pareja ni a protocolos reconocidos por los colegios profesionales de psicología. Su recorrido inmediato seguirá siendo, por tanto, el de un ensayo de divulgación matemática cuyas hipótesis quedan pendientes de contraste con los estudios longitudinales sobre parejas que la investigación social suele exigir antes de extraer conclusiones aplicables.

