El decreto no surgió de un capricho cortesano, sino de una preocupación explícita del gabinete ilustrado por el orden en las calles. Bajo los pliegues de la capa larga y el ala ancha del chambergo, según la lógica de los reformistas, cabían armas y rostros ocultos que dificultaban el trabajo de las rondas nocturnas. Sustituir ambas prendas por atuendos más ceñidos y visibles equivalía, en la mente de Esquilache, a una medida de pacificación urbana.
Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, ministro de Hacienda y Guerra de origen siciliano, encarnaba para buena parte del pueblo madrileño la figura del extranjero que dictaba normas sobre las costumbres locales sin conocerlas. Su gestión ya arrastraba el rechazo acumulado por la subida de los precios del pan y otros impuestos considerados asfixiantes, un caldo de cultivo que convirtió la reforma indumentaria en la gota que colmó el vaso.
La prohibición no se quedó en una recomendación: se acompañó de multas y de patrullas armadas con tijeras, autorizadas a recortar capas y sombreros directamente en la vía pública. La escena se repitió por barrios como la Cava Baja, donde artesanos y jornaleros veían mutilada su ropa de abrigo y recibían, además, sanciones económicas desproporcionadas para sus ingresos. La humillación pública, más que la norma en sí, encendió la mecha del descontento.
La tensión, acumulada durante meses, estalló el Domingo de Ramos de 1766 a raíz de un incidente menor en una calle céntrica que degeneró en motín generalizado. Miles de madrileños salieron a exigir la destitución de Esquilache, la rebaja de los precios de los alimentos básicos y la retirada inmediata de los bandos sobre la vestimenta. Las fuerzas de seguridad, desbordadas, no lograron contener la revuelta.
La huida real a Aranjuez
Carlos III, el monarca ilustrado que había llegado desde Nápoles con un ambicioso proyecto modernizador, tuvo que abandonar el Palacio Real y refugiarse en Aranjuez mientras la masa asaltaba viviendas de ministros y desafiaba abiertamente la autoridad de la Corona. La crisis se resolvió con una retirada táctica: el rey destituyó y envió al exilio a Esquilache y concedió una amnistía de facto a los sublevados, lo que permitió que la capa larga y el sombrero ancho volvieran, al menos temporalmente, a las calles de la capital.
Con el paso de las décadas, la moda francesa terminó imponiéndose en España por el desgaste generacional y el cambio de costumbres, no por la vía del decreto. El episodio quedó como una de las lecciones más citadas sobre los límites del poder para legislar sobre la vida cotidiana: una norma administrativa que roza símbolos de identidad colectiva puede resultar más explosiva que un impuesto impopular.
El motín de Esquilache pertenece a la misma tradición de símbolos culturales cargados de significado político que reaparece en episodios como el de los mensajes que Da Vinci escondió en su obra: la indumentaria, como la pintura, funcionaba como lenguaje de identidad. Aquella primavera de 1766, la capa y el sombrero dejaron de ser simple tela para convertirse en emblema de una dignidad que ningún bando ministerial pudo doblegar sin poner en jaque al trono de los Borbones.


