Cómo llegaron los arqueólogos al subsuelo del monasterio
La aparición de los restos no respondió a una excavación programada con ese objetivo, sino a la intervención arqueológica preventiva que la legislación española impone cuando se actúa sobre inmuebles protegidos o se producen movimientos de tierra en zonas con potencial patrimonial. La Ley 14/2007, de 26 de noviembre, del Patrimonio Histórico de Andalucía establece que cualquier obra que afecte al subsuelo en áreas de cautela arqueológica debe ir acompañada de un seguimiento por técnicos habilitados por la Consejería de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía. Fue precisamente ese control obligatorio el que permitió detectar las primeras anomalías estratigráficas cuando las máquinas comenzaron a remover los niveles inferiores del inmueble, según los datos del hallazgo.
Los trabajos de restauración llevaban varios meses en marcha cuando los arqueólogos comenzaron a identificar, en distintos puntos del solar, una secuencia de deposiciones que abarca desde época altoimperial romana hasta la fase visigoda, con previsibles niveles tardorromanos intermedios. La presencia simultánea de materiales de cronologías tan distintas en un mismo contexto responde al patrón de ocupación continua que caracteriza los enclaves situados en rutas de comunicación consolidadas y con acceso a recursos hídricos: el Aljarafe cumple ambas condiciones por su posición topográfica elevada sobre la vega del Guadalquivir.
La spolia: columnas romanas recicladas en construcciones visigodas
Entre los elementos más relevantes del conjunto figuran varias columnas de factura romana reaprovechadas en una construcción posterior de época visigoda. Este procedimiento, denominado spolia en la literatura académica, consiste en la extracción de piezas arquitectónicas —fustes, capiteles, basas, sillares— de edificios anteriores para incorporarlos a nuevas estructuras, ya sea por economía de medios, por proximidad del material o como declaración simbólica de continuidad con el pasado imperial. Su uso fue sistemático en la península ibérica entre los siglos V y VIII, y algunos de los ejemplos más estudiados en Andalucía se localizan en la basílica de Gerena y en los restos de la iglesia visigoda de Alcalá de Guadaíra, ambos en la misma provincia de Sevilla.
La identificación del origen preciso de estas columnas —su cantera, sus proporciones, el estilo del capitel si se conserva— puede aportar información sobre el edificio romano del que proceden: podría tratarse de una villa rústica suburbana, de un edificio público menor o de elementos trasladados desde la propia Hispalis. Los análisis petrográficos y la comparación con piezas de procedencia conocida en los fondos del Museo Arqueológico de Sevilla, que custodia una de las colecciones romanas más completas del sur peninsular, serán determinantes para precisar esa atribución, según señalan los investigadores responsables de la intervención.
Tinajas de mil litros y la economía oleícola del Aljarafe
El otro gran bloque de hallazgos lo constituyen las tinajas de gran formato, con capacidad estimada en torno a los mil litros por pieza según los datos preliminares de la intervención. Estos contenedores cerámicos —denominados dolia en la terminología latina— constituían la infraestructura básica del almacenamiento agrario en la Antigüedad: se usaban para conservar aceite, vino, cereales fermentados y salazones. Su presencia en el Aljarafe resulta coherente con la vocación oleícola de la comarca, documentada desde época fenicia y que alcanzó su máxima expresión durante el Alto Imperio, cuando el aceite bético embarcado en el puerto de Hispalis abastecía a Roma y al ejército destacado en las fronteras del Rin y el Danubio.
El testimonio más elocuente de la escala de esa exportación es el Monte Testaccio de Roma, un cerro artificial formado íntegramente por fragmentos de ánforas béticas desechadas tras su uso, cuyo volumen da idea de los millones de envases producidos en la Bética entre los siglos I y III d.C. Las tinajas halladas en el Aljarafe forman parte, en algún nivel, de esa misma cadena económica: son el extremo productor de un sistema logístico que conectaba las villae del interior con los muelles del Guadalquivir y, desde allí, con el Mediterráneo. Determinar si las piezas pertenecen a una fase romana o visigoda —o a ambas, reutilizadas sucesivamente— es una de las preguntas que la memoria científica deberá responder.
El período visigodo: la gran laguna del registro arqueológico hispano
Los investigadores subrayan el interés particular del componente visigodo del hallazgo. El lapso comprendido entre la desintegración administrativa del Imperio romano de Occidente —convencionalmente fijada en el 476 d.C.— y la conquista omeya de 711 sigue siendo uno de los períodos peor conocidos de la historia de Hispania: la producción material de esa etapa es menos reconocible visualmente que la romana y las fuentes textuales son escasas y de transmisión complicada. Las crónicas de Isidoro de Sevilla y los cánones de los Concilios de Toledo constituyen casi la totalidad del registro escrito disponible para reconstruir la vida cotidiana y la organización territorial del reino visigodo.
En ese contexto, cada conjunto arqueológico visigodo estratificado tiene un valor excepcional, porque permite contrastar las fuentes escritas con la materialidad de los asentamientos. El Aljarafe ocupa un lugar con peso específico en ese período: la propia Hispalis fue sede episcopal visigoda de primer orden —de ella fue obispo el propio Isidoro entre aproximadamente 600 y 636 d.C.— y la comarca circundante debió de albergar propiedades aristocráticas y eclesiásticas cuya localización precisa se desconoce casi en su totalidad. El monasterio podría reposar sobre los cimientos de una de esas fundaciones tardoantiguas.
Antecedente: la tradición de hallazgos fortuitos en la Bética desde la Transición
La historia reciente de la arqueología andaluza está jalonada de descubrimientos producidos al margen de campañas planificadas. Ya durante la Transición, las obras de expansión urbana de Sevilla en los años setenta y ochenta sacaron a la luz niveles romanos y medievales islámicos en el casco histórico sin que existiera entonces un marco normativo de cautela equiparable al actual. Fue precisamente la constatación de esas pérdidas irreparables lo que impulsó la inclusión de la arqueología preventiva en la Ley del Patrimonio Histórico Español de 1985 —pionera en el contexto europeo— y, posteriormente, en la legislación autonómica andaluza. El hallazgo del Aljarafe es, en ese sentido, un producto directo de ese marco normativo construido a lo largo de cuatro décadas.
Hallazgos comparables en la misma provincia ilustran la densidad del registro: en 2022, las excavaciones en Mulva-Munigua aportaron nuevos datos sobre el urbanismo de una ciudad de segundo rango en la Bética, complementando décadas de trabajo del Instituto Arqueológico Alemán; en 2023, las obras del metro de Sevilla en su segunda fase generaron hallazgos de época almohade y bajomedieval en el entorno de la Macarena; y en 2025, una intervención en el casco histórico de Carmona sacó a la luz una necrópolis tardorromana con inhumaciones que mostraban signos de prácticas funerarias de transición entre el paganismo y el cristianismo. Todos esos conjuntos, al igual que el del Aljarafe, emergieron de obras de rehabilitación o infraestructura, no de campañas autónomas programadas.
Marco normativo: de la excavación a la memoria científica y el depósito de materiales
Una vez concluida la fase de campo, el equipo arqueológico deberá presentar a la Delegación Territorial de Cultura de Sevilla una memoria científica provisional en el plazo fijado por la autorización de la actividad arqueológica. Dicha memoria, junto con el inventario de materiales y la documentación gráfica, pasa a formar parte del expediente administrativo del inmueble y queda incorporada al Registro de Yacimientos Arqueológicos de Andalucía, base de datos gestionada por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH). La inclusión en ese registro tiene efectos jurídicos directos: cualquier actuación futura sobre el inmueble o su entorno inmediato quedará condicionada por la existencia de esos niveles arqueológicos catalogados.
Los materiales muebles recuperados —fragmentos cerámicos, las tinajas si pueden extraerse íntegras, elementos arquitectónicos desmontados— quedarán depositados provisionalmente en el museo de referencia territorial, que para la provincia de Sevilla es el Museo Arqueológico. La decisión sobre su exposición pública, su incorporación a colecciones permanentes o su eventual traslado a otro centro dependerá de la valoración patrimonial que realice la Consejería de Cultura y Deporte, que también deberá pronunciarse sobre las medidas de protección del subsuelo una vez retomadas las obras de rehabilitación del monasterio. Los arqueólogos no descartan que la continuación de los trabajos genere nuevos hallazgos en sectores aún no intervenidos del inmueble.
Próximos pasos: análisis de laboratorio y publicación científica
La fase inmediatamente posterior al cierre de la excavación implica la realización de dataciones de carbono-14 sobre materiales orgánicos si se han recuperado —semillas carbonizadas, restos óseos, madera— y análisis petrográficos sobre las columnas para establecer su procedencia. Esos resultados, que habitualmente se obtienen en un plazo de entre seis meses y un año según los laboratorios disponibles, permitirán afinar la cronología del conjunto y determinar si los niveles romanos y visigodos son estratigráficamente continuos o si existe un hiato de abandono entre ambos. La respuesta a esa pregunta es decisiva para interpretar qué ocurrió en el Aljarafe durante el convulso siglo V, cuando el colapso de la administración imperial dejó un vacío de poder que las aristocracias locales y la Iglesia llenaron de formas todavía mal comprendidas.
La publicación de los resultados en revistas especializadas —el cauce habitual es Spal, revista de prehistoria y arqueología de la Universidad de Sevilla, o Archivo Español de Arqueología del CSIC— cerrará el ciclo científico del hallazgo y lo pondrá a disposición de la comunidad investigadora internacional. Hasta entonces, el monasterio del Aljarafe permanece como una de esas rarezas de la arqueología mediterránea: un edificio que sigue en pie, en uso o en rehabilitación, mientras bajo sus cimientos duermen capas de historia que ni romanos ni visigodos supieron que estaban depositando para la posteridad.

