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Un estudio eleva a 6,24 kilos el pescado salvaje por kilo de salmón

Un trabajo publicado en Science Advances calcula que producir un kilo de salmón de cultivo puede requerir hasta 6,24 kilos de peces silvestres, muy por encima de las estimaciones del sector.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Un equipo liderado por Spencer Roberts, de la Universidad de Miami, ha publicado en la revista Science Advances un estudio que recalcula cuánto pescado silvestre consume realmente la industria del salmón de cultivo. Según sus conclusiones, cada kilo de salmón producido en piscifactoría podría requerir entre 1,86 y 6,24 kilos de peces salvajes, una horquilla muy superior a la que maneja tradicionalmente el sector acuícola.

La acuicultura se ha presentado durante décadas como una alternativa capaz de aliviar la presión sobre los caladeros salvajes, al permitir producir pescado sin depender exclusivamente de la extracción directa en el mar. Esa premisa choca con una realidad menos visible: el salmón, especie carnívora, necesita para crecer un pienso rico en proteínas y grasas que combina ingredientes vegetales con harina y aceite de pescado, elaborados a partir de especies pequeñas como sardinas, arenques, anchoas o caballas, que se cuecen y trituran hasta obtener una materia concentrada.

Hasta ahora la industria medía este consumo mediante un indicador conocido como «fish-in:fish-out» (FIFO), que compara el volumen de pescado silvestre empleado con el de pescado de cultivo finalmente obtenido. El equipo de Roberts sostiene que ese cálculo resulta incompleto porque no incorpora toda la materia prima de origen marino que interviene en el proceso ni refleja con precisión la mortalidad generada durante las faenas de pesca.

El estudio incluye en su recuento elementos que solían quedar fuera de las estadísticas: los ejemplares descartados antes de llegar a puerto, los peces liberados tras quedar atrapados en las redes que no logran sobrevivir y los subproductos que terminan incorporados a la fabricación de piensos aunque no se hubieran capturado con ese destino. Al sumar esos factores, los autores concluyen que el uso real de peces salvajes en la acuicultura podría ser entre un 27% y un 307% superior al que reflejaban los cálculos anteriores del sector.

La discrepancia no es meramente técnica. El indicador FIFO se ha utilizado durante años como argumento comercial y regulatorio para certificar la sostenibilidad de determinadas explotaciones acuícolas, incluidas algunas con sellos ambientales reconocidos. Si las cifras del nuevo estudio se confirman con investigaciones adicionales, podrían obligar a revisar los criterios de certificación empleados por organismos de sostenibilidad pesquera, así como las políticas de compra de grandes cadenas de distribución que exigen ese tipo de garantías a sus proveedores.

La ruta global de la harina de pescado

La organización periodística The Outlaw Ocean Project, dirigida por Ian Urbina, dedicó dos años a rastrear la cadena internacional de la harina de pescado. Su investigación identificó más de 1.400 plantas de procesamiento en 64 países y examinó cerca de 2.400 embarcaciones vinculadas a esta industria, documentando denuncias de pesca ilegal, vertidos contaminantes, accidentes laborales y conflictos con comunidades costeras que dependen de esos mismos caladeros.

Buena parte de estos efectos se concentra lejos de los mercados donde después se comercializa el salmón, el camarón o la dorada de cultivo. En Gambia y Mauritania, según esta investigación, especies que tradicionalmente alimentaban a la población local se destinan de forma creciente a la fabricación de harina de pescado para la exportación. El resultado es una paradoja alimentaria: pescado barato y accesible sale del país convertido en materia prima para criar productos que después se venden a un precio muy superior en mercados europeos, asiáticos o norteamericanos.

El impacto no se limita a la disponibilidad de alimento para las poblaciones costeras. Sardinas, arenques y anchoas ocupan un lugar central en la cadena trófica marina, al servir de sustento a otros peces, aves y mamíferos marinos. Cuando sus poblaciones se reducen por la extracción destinada a la industria del pienso, el efecto puede propagarse por todo el ecosistema.

España ocupa el primer puesto de la Unión Europea en producción acuícola por volumen, lo que convierte al país en un actor relevante dentro de esta cadena de suministro global. Una parte de la harina y el aceite de pescado empleados en las piscifactorías españolas procede de importaciones, lo que vincula indirectamente la producción nacional de salmón, dorada, lubina y trucha con las dinámicas extractivas documentadas en países terceros.

El marco normativo europeo regula la acuicultura a través de la Política Pesquera Común y de directivas sobre bienestar animal y trazabilidad alimentaria, pero no existe todavía una obligación armonizada que exija a las empresas certificar el origen exacto de la harina de pescado utilizada en sus piensos con el nivel de detalle que reclaman los autores del estudio. Organizaciones ambientales llevan años pidiendo a la Comisión Europea que refuerce estos requisitos de transparencia.

Desde el sector acuícola, asociaciones como la Asociación Empresarial de Productores de Cultivos Marinos (Apromar) han defendido tradicionalmente que la industria ha reducido de forma progresiva la proporción de harina y aceite de pescado en los piensos, sustituyéndolos parcialmente por ingredientes vegetales y proteínas alternativas. Los resultados del estudio de Science Advances sugieren, no obstante, que esa reducción podría no bastar para compensar el aumento global de la producción acuícola, que ha crecido de forma sostenida en las últimas dos décadas según los informes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

El debate no es nuevo. Ya en los años noventa distintos estudios académicos alertaron sobre la dependencia de la acuicultura respecto a los caladeros salvajes, lo que impulsó a parte de la industria a desarrollar piensos con mayor componente vegetal. Aquella primera ola de críticas no logró, sin embargo, frenar el crecimiento del sector ni evitar que la demanda global de harina de pescado siguiera aumentando en paralelo a la expansión de las piscifactorías en Noruega, Chile, Escocia y el sudeste asiático.

El propio equipo de Roberts reconoce que su metodología deberá contrastarse con nuevos estudios independientes antes de convertirse en un estándar de referencia para reguladores y certificadoras. La comunidad científica especializada previsiblemente debatirá en los próximos meses la validez de estas cifras, en un contexto en el que la Unión Europea trabaja en criterios de sostenibilidad para las importaciones de piensos de origen marino, un proceso sin fecha de resolución definida.

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