La cuestión de la legitimidad de Zelenski ha resurgido en el debate internacional en un momento en que la guerra, iniciada con la invasión rusa de febrero de 2022, se aproxima a su cuarto aniversario sin un acuerdo de paz visible. El mandato presidencial expiró formalmente en mayo de 2024, pero la Constitución ucraniana prohíbe convocar elecciones bajo ley marcial, vigente desde el inicio de la invasión, lo que ha servido de base jurídica para prorrogar su permanencia en el cargo.
Moscú ha cuestionado reiteradamente la legitimidad del presidente ucraniano como argumento diplomático, una estrategia que forma parte de la presión del Kremlin para condicionar cualquier negociación territorial. A ese frente se ha sumado el planteamiento, atribuido a sectores de Washington, de un posible relevo en el liderazgo ucraniano, que según las informaciones disponibles encuentra un rechazo interno generalizado.
Cada escalada de ataques rusos contra infraestructuras ucranianas, especialmente las dirigidas al sistema energético durante el invierno, tiende a reforzar el respaldo interno a la figura presidencial, en un fenómeno de cohesión nacional frente a la amenaza exterior. El efecto se ha repetido desde el inicio de la invasión, cuando Zelenski pasó de ser un presidente con índices de aprobación moderados a convertirse en símbolo de la resistencia ucraniana. El propio mandatario sostiene que los ataques exteriores le devuelven popularidad.
La sociedad ucraniana, de acuerdo con la posición atribuida a Zelenski, descarta la celebración de comicios mientras continúan los bombardeos, un criterio que comparte buena parte de la clase política del país, que considera inviable organizar un proceso electoral con millones de desplazados y bajo ataque constante. No es la primera vez que una democracia pospone elecciones por un conflicto: el Reino Unido suspendió sus comicios generales durante la Segunda Guerra Mundial, celebrándolos en 1945, una década después de los anteriores.
El respaldo occidental y la política interna europea
El sostén económico y militar a Kiev depende en buena medida de la estabilidad de los gobiernos aliados, varios de los cuales afrontan el ascenso de fuerzas críticas con el actual nivel de implicación. En Alemania, el instituto demoscópico Insa situó recientemente a la ultraderechista AfD en el 30% de intención de voto, once puntos por delante de la CDU de Friedrich Merz, formación que ha pedido reducir la ayuda a Ucrania. Días antes había dimitido la ministra de Trabajo y copresidenta del SPD, Bärbel Bas, en un cuadro de inestabilidad de las coaliciones que financian el esfuerzo bélico.
Washington ha mantenido un discurso cambiante sobre el apoyo a Kiev desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, alternando presiones para acelerar un acuerdo negociado con Moscú y gestos de respaldo militar puntual. La posición de Zelenski contra cualquier relevo pactado desde el exterior se inscribe en ese contexto de incertidumbre sobre la continuidad del compromiso estadounidense a largo plazo, resumida en su advertencia de que ni Moscú ni Washington elegirán al presidente de Ucrania.


