El ejemplar, con una edad estimada de una década, se sitúa dentro del rango habitual de un atún rojo adulto del Atlántico ya completamente desarrollado. Su tamaño no resulta, por tanto, excepcional para la biología de la especie, aunque sí lo es lograrlo con equipo de pesca deportiva y no con las redes de cerco que emplea la flota atunera profesional del Mediterráneo.
Sacar del agua a un animal de ese peso con una caña recreativa exige una resistencia física sostenida y una sincronización constante entre los pescadores para evitar que el sedal se rompa por la fuerza de las embestidas del atún bajo el agua. El equilibrio entre mantener la tensión de la línea y no forzarla hasta el punto de ruptura convierte estas capturas en pruebas de resistencia que pueden extenderse durante horas, como ocurrió en este caso frente a Sète.
Una especie rescatada del borde del colapso
La captura llega en un contexto de recuperación biológica que contrasta con la situación de hace apenas quince años. El atún rojo del Atlántico y el Mediterráneo estuvo al borde del colapso poblacional hacia 2010, cuando la sobrepesca impulsada por la altísima demanda del mercado japonés —donde ejemplares excepcionales se han llegado a pagar por cifras cercanas a los tres millones de euros en subastas para sushi y sashimi de alta gama— obligó a los organismos internacionales a imponer cuotas de captura urgentes.
La regulación de las capturas de esta especie en el Atlántico y el Mediterráneo corresponde a la Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico (ICCAT), organismo que a lo largo de la última década endureció progresivamente los límites de pesca y reforzó el control sobre las capturas ilegales. Aquel proceso enfrentó durante años a la flota pesquera europea —especialmente la española, francesa e italiana— con las organizaciones conservacionistas que alertaban del riesgo de extinción comercial de la especie.
Las restricciones dieron resultado con el paso de los años. En 2021, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) sacó al atún rojo del Atlántico de la categoría de especie en peligro y lo reclasificó como de preocupación menor, un cambio de estatus que constató la recuperación de las poblaciones tanto en aguas atlánticas como mediterráneas.
Esa mejora en el estado de conservación explica que, más de una década después de las primeras cuotas de emergencia, siga siendo posible localizar ejemplares de gran tamaño en aguas cercanas a la costa francesa. La recuperación de las poblaciones reproductoras en el Atlántico y el Mediterráneo es el factor que, según los datos que maneja la UICN, permite reencontrar hoy piezas de estas dimensiones frente al litoral europeo.
La maquinaria biológica de un depredador oceánico
Desde el punto de vista biológico, el atún rojo presenta adaptaciones que explican tanto su fuerza como su valor comercial. Su cuerpo, con forma de torpedo, minimiza la resistencia del agua, mientras que el contraste entre el dorso azul oscuro casi negro y el vientre plateado brillante actúa como camuflaje frente a los depredadores que lo observan desde arriba y desde abajo. Cerca de la cola, unas pequeñas aletas amarillas bordeadas de negro, llamadas pínnulas, completan su aspecto característico.
La musculatura del ejemplar capturado por los hermanos Delmée está compuesta casi en su totalidad por músculo rojo compacto, un tejido que permite al atún mantener un esfuerzo sostenido y que resulta clave para entender la resistencia que opuso el animal durante la lucha. Sus ojos, grandes y de visión muy aguda, le permiten cazar bancos de caballas o sardinas incluso con poca luz, y su aleta caudal, rígida y con forma de media luna, funciona como un motor de propulsión de alta frecuencia capaz de impulsar al pez hasta velocidades cercanas a los 70 kilómetros por hora al replegar sus aletas pectorales y dorsales en ranuras del propio cuerpo.
Una de las particularidades fisiológicas más relevantes de la especie es el sistema circulatorio conocido como rete mirabile, una red de vasos sanguíneos que permite al atún rojo mantener sus músculos y sus ojos a una temperatura superior a la del agua del mar circundante. Este mecanismo, poco común entre los peces, explica buena parte de la fuerza descomunal que los tres hermanos sintieron cada vez que el animal intentó escapar durante las horas de forcejeo frente a Sète.
La pesca deportiva del atún rojo está sujeta en Francia, como en el resto de países ribereños del Mediterráneo, a las cuotas y licencias que reparte anualmente la ICCAT entre los Estados, que a su vez las distribuyen entre la flota profesional y los permisos de pesca recreativa. Cualquier captura de estas características debe quedar registrada dentro de ese sistema de control, pensado precisamente para evitar que se repita el escenario de sobreexplotación de comienzos de siglo.
El episodio, más allá de su dimensión anecdótica, se enmarca en el debate sobre el equilibrio entre la recuperación de las especies marinas y la presión que ejerce sobre ellas tanto la pesca profesional como la deportiva. Los organismos científicos y las administraciones pesqueras europeas revisan cada año, a partir de los dictámenes del comité científico de la ICCAT, las cuotas totales admisibles de captura para la temporada siguiente, un procedimiento que fijará también los límites aplicables a la campaña de 2027.


