El fracaso de la reunión de París tiene una causa técnica y una causa política. La causa técnica es que las posiciones de ambas partes sobre el sector del automóvil son irreconciliables en su estado actual: EEUU exige que la UE elimine el arancel del 10% que grava las importaciones de coches americanos y que reduzca los estándares medioambientales que, según Washington, funcionan como barreras no arancelarias encubiertas; la UE ofrece una reducción gradual del arancel al 5% a cambio de que EEUU se comprometa a no imponer aranceles adicionales al acero, el aluminio y los productos agrícolas europeos. La distancia entre ambas posiciones es demasiado grande para cerrarla en una sola reunión, pero lo que ha frustrado a Šefčovič no es la distancia sino la actitud: según fuentes europeas, Greer ha llegado a la reunión con un mandato que no incluía margen de negociación real y se ha limitado a reiterar las exigencias de Washington sin ofrecer contrapartidas.
La causa política es más profunda y revela una fractura dentro de la propia UE que Trump está explotando con maestría. Francia y Alemania lideran una línea dura que aboga por activar las contramedidas europeas — valoradas en 95.000 millones de euros — si Trump cumple su amenaza del 35%. Macron ha declarado esta mañana que «Europa no puede ser rehén de los tuits de un presidente que no respeta las reglas del comercio internacional» y Scholz ha respaldado la posición francesa en una llamada bilateral a las 14:00. Pero España, Italia y Portugal — los tres países del sur cuyas economías dependen más de las exportaciones al mercado estadounidense — abogan por agotar la vía diplomática y han pedido a la Comisión que proponga una oferta mejorada antes del 1 de junio.
La posición española es especialmente delicada. La industria automovilística representa el 10% del PIB industrial español y emplea directa e indirectamente a más de 300.000 personas. SEAT acaba de confirmar un segundo ERTE — esta vez para la planta de Landaben en Navarra, que afectará a 1.200 trabajadores desde el 9 de junio — y la patronal ANFAC ha advertido de que un arancel del 35% sobre las exportaciones a EEUU tendría un impacto de 4.200 millones de euros anuales sobre el sector. Albares ha defendido esta mañana en el Congreso que España lidera una posición de «firmeza negociadora», pero la realidad es que Madrid tiene menos margen de maniobra que Berlín o París porque su economía es más vulnerable a una escalada arancelaria.
Irlanda, que ostenta la presidencia rotatoria del Consejo de la UE, ha dado un paso sorprendente al convocar una cumbre extraordinaria de líderes europeos en el castillo de Turnberry, Escocia, para los días 28 y 29 de mayo. La elección del lugar no es casual: Turnberry pertenece a la cadena de campos de golf de Trump y la cumbre en sus instalaciones es un guiño diplomático diseñado para señalar que Europa busca el diálogo sin renunciar a una cierta ironía. La agenda de Turnberry incluirá tres puntos: respuesta comercial al ultimátum de Trump, posición común sobre Irán-Ormuz y revisión de la política de sanciones a Israel tras la flotilla Sumud.
En Ormuz, la situación permanece tensa pero estable. Trump ha confirmado esta mañana que asistirá personalmente a las conversaciones de Mascate el miércoles, una decisión que ha sido interpretada de forma contradictoria: los optimistas la ven como una señal de que EEUU busca cerrar un acuerdo rápido; los escépticos la ven como una maniobra de Trump para atribuirse personalmente el mérito de un acuerdo que sus negociadores llevan semanas preparando. El memorándum de una página — que declararía el fin del conflicto y abriría un período de 30 días para resolver las demandas nucleares — está sobre la mesa desde la semana pasada, pero Irán exige garantías adicionales sobre la descongelación de activos que EEUU no ha aceptado todavía.
El Brent ha subido ligeramente a 96,20 dólares esta tarde, un nivel que refleja la incertidumbre sobre Mascate pero que no incorpora todavía el escenario de una ruptura total de las negociaciones. Los analistas de Goldman Sachs estiman que un fracaso de Mascate llevaría el Brent por encima de los 110 dólares en una semana, mientras que un acuerdo lo haría caer por debajo de los 85. La diferencia de 25 dólares entre ambos escenarios es la medida exacta de lo que se juega el mundo mañana miércoles en la capital omaní.
El Consejo de la UE de Asuntos Exteriores, reunido hoy en Bruselas, ha debatido durante cuatro horas la propuesta de imponer sanciones individuales a altos funcionarios israelíes responsables de la interceptación de la flotilla Sumud. La propuesta, respaldada por 22 de los 27 Estados miembros, ha sido bloqueada por Hungría — que mantiene su derecho de veto en política exterior — con el apoyo discreto de Chequia y Austria. Hungría ha argumentado que las sanciones individuales «no contribuirán a una solución pacífica» y que la UE «debe mantener canales de diálogo abiertos con todas las partes». La Alta Representante Kallas ha mostrado su frustración y ha anunciado que presentará una propuesta alternativa que evite el veto húngaro mediante el uso del artículo 29 del Tratado de la UE, que permite adoptar posiciones comunes sin unanimidad.
Al cerrar esta edición vespertina, el mapa europeo presenta una complejidad que no tenía hace seis meses. Los aranceles de Trump, la guerra fría con Irán, la crisis humanitaria en Israel y la fractura interna de la UE entre halcones y palomas configuran un escenario en el que la diplomacia europea se ve sometida a más presión simultánea que en cualquier otro momento desde la invasión de Ucrania en 2022. La cumbre de Turnberry la semana que viene será la primera prueba de fuego de la capacidad de Europa para hablar con una sola voz, y los precedentes recientes — el bloqueo húngaro de las sanciones a Israel, la división sobre los aranceles, el desacuerdo sobre la respuesta a Irán — no invitan al optimismo.



