La protesta, iniciada con reclamos de mejores condiciones en universidades y residencias, reducción de costes de estudio, más ayudas económicas y perspectivas laborales tras la graduación, se propagó con rapidez desde el Ministerio de Educación hacia el de Economía y Finanzas, el de Justicia, la oficina del primer ministro Edi Rama, el Parlamento y el Banco Central. Parte del edificio del Ministerio de Educación ardió, al igual que una sucursal del Raiffeisen Bank y varios locales próximos a las sedes institucionales.
Contenedores de basura, bancos públicos y árboles sirvieron de combustible para las hogueras levantadas en varias avenidas del centro de la capital, cortadas con barricadas de vallas arrancadas y neumáticos. La policía respondió con cañones de agua, gases lacrimógenos y cargas, mientras grupos de jóvenes, muchos de ellos encapuchados, lanzaban piedras, adoquines y, en algunos casos, cócteles molotov contra los agentes, según las imágenes difundidas por medios locales y agencias internacionales.
Un diplomático austriaco resultó herido por una pedrada durante los enfrentamientos, en una jornada que dejó al menos una veintena de heridos —entre ellos varios policías y algún periodista— y más de 40 detenidos, aunque las cifras varían según las fuentes.
Las reivindicaciones educativas se enmarcan en un descontento más amplio que se remonta a finales de mayo, cuando nació la Revolución de los Flamencos como respuesta a un proyecto turístico de lujo en la zona protegida de Zvërnec y la isla de Sazan, en el mar Adriático. El plan, respaldado por el Gobierno de Rama y vinculado a inversiones de Jared Kushner, yerno del presidente estadounidense Donald Trump, amenazaría según los organizadores el hábitat de los flamencos rosados que dan nombre al movimiento.
Lo que arrancó como una protesta ecológica se ha transformado en una exigencia generalizada de dimisión del primer ministro, con acusaciones de corrupción, falta de transparencia y denuncias de un sistema político percibido como cerrado a las nuevas generaciones. La oposición democrática, liderada por Sali Berisha, ha respaldado públicamente a los estudiantes, a quienes califica de «leones».
Desde el Ejecutivo, la viceprimera ministra Albana Koçiu pidió contención en plena escalada de la violencia.
«Albania no necesita arder para cambiar», Albana Koçiu, viceprimera ministra de Albania.
La tensión en Tirana se suma a otros focos de fricción diplomática que han marcado la agenda española en semanas recientes, como las que reflejan las declaraciones del embajador marroquí Karim Medrek sobre Ceuta y Melilla. El mensaje de Koçiu contrasta con el respaldo de la oposición a los manifestantes y refleja el choque entre el Gobierno de Rama y un movimiento que, cinco meses después de su nacimiento, ha pasado de la defensa de un humedal protegido al mayor desafío político para el primer ministro albanés.



