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El lecho del embalse de Kajovka, arrasado en 2023, es hoy un bosque joven

Sauces y álamos de hasta siete metros han colonizado en tres años el fondo del mayor embalse volado durante la guerra en Ucrania, según biólogos citados por otro medio

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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El antiguo lecho de la presa de Kajovka, en el río Dniéper, es hoy un bosque joven de sauces y álamos que crece a un ritmo que los biólogos ucranianos describen como sin precedentes documentados en Europa.

Oleksi Vasiliuk, director del Grupo Ucraniano para la Conservación de la Naturaleza, fue uno de los primeros en documentar la transformación. «Nunca habíamos visto árboles crecer tan rápido como aquí. La densidad es tal que apenas se puede caminar entre ellos», declaró a EFE. Algunos ejemplares ya superan los siete metros de altura en una superficie que había permanecido sumergida durante casi seis décadas, desde que la Unión Soviética construyera la presa en 1956 como parte de su programa de electrificación del Dniéper.

La rapidez de la regeneración se explicaría, según los científicos citados, por las condiciones excepcionales del sustrato expuesto tras la riada. Décadas de sedimentos acumulados en el fondo del embalse habrían actuado como un suelo extraordinariamente fértil, sobre el que germinaron con facilidad las semillas de sauces y álamos procedentes de las antiguas riberas. A esa fertilidad se suma la ausencia de intervención humana directa en una zona de difícil acceso por su proximidad al frente, factor que habría favorecido una sucesión ecológica acelerada.

El regreso de la fauna refuerza la imagen de un ecosistema en recomposición. Científicos de la firma de análisis satelital EOS Data Analytics han documentado la aparición de cientos de especies vegetales, así como la llegada de jabalíes, corzos y liebres procedentes de las estepas circundantes. Las aves migratorias, por su parte, habrían empezado a utilizar el nuevo entorno como punto de descanso y alimentación en sus rutas estacionales, según los mismos registros.

El ecologista Vadym Maniuk, que ha visitado en varias ocasiones el antiguo embalse, calcula que en unos 30 años la zona podría convertirse en un sistema de bosques atravesado por meandros y canales, y que el ecosistema completo tardaría alrededor de 80 años en estabilizarse. «Ver toda esta vegetación que se extiende hasta el horizonte es algo sin precedentes en Europa», señaló Vasiliuk.

El territorio recuperado coincide, según los especialistas, con lo que históricamente se conocía como la Gran Pradera —Velykyi Luh, en ucraniano—, la llanura aluvial del Dniéper que ocupaba cerca de 100.000 hectáreas antes de quedar sumergida por el embalse soviético a mediados del siglo XX. Ese solapamiento entre regeneración natural y memoria histórica ha llevado a Vasiliuk a plantear una futura candidatura de la zona a Patrimonio de la Humanidad ante la Unesco, un proceso que, de iniciarse, requeriría años de trámites y el respaldo del Gobierno ucraniano, único autorizado a presentar bienes de su territorio ante el organismo con sede en París.

Un balance humano que sigue siendo grave

No todo el balance del desastre es de signo positivo. La destrucción de la presa dejó sin sistemas de riego a 584.000 hectáreas de tierras agrícolas en el sur de Ucrania, según el Ministerio de Agricultura ucraniano. Numerosas localidades dependen ahora de pozos profundos con agua de calidad salina, una solución de emergencia difícilmente sostenible para el regadío intensivo que caracterizaba a la región. La central nuclear de Zaporiyia, la mayor de Europa por capacidad instalada, perdió con la voladura su principal fuente de agua de refrigeración —el propio embalse— y opera actualmente con fuentes alternativas mientras sus reactores permanecen parados, bajo supervisión técnica del Organismo Internacional de Energía Atómica.

El debate sobre si reconstruir o no la presa divide a técnicos y autoridades. La mayoría de los científicos consultados se opone a levantarla de nuevo. Oleksii Angurets, que integró el primer equipo que estudió los sedimentos tras la explosión, sostiene que cualquier decisión debe sopesar factores ecológicos, sociales y económicos antes de plantear nuevas infraestructuras. «No podemos dar marcha atrás. Tenemos que tener en cuenta la evolución de las necesidades tanto de la naturaleza como de las personas que dependen de sus recursos», declaró.

La disyuntiva remite a un debate más amplio sobre las grandes infraestructuras hidráulicas soviéticas, muchas de las cuales alteraron de forma irreversible ecosistemas fluviales en nombre de la electrificación y el regadío planificado. La cascada de embalses del Dniéper, de la que Kajovka formaba parte, se construyó entre las décadas de 1930 y 1950 como símbolo del desarrollo industrial soviético, con un coste ambiental y humano —incluidos desplazamientos forzosos de población— que historiadores ucranianos han empezado a revisar con mayor detalle desde la independencia del país en 1991.

La autoría de la voladura, ocurrida en plena guerra y en territorio bajo control ruso, sigue sin esclarecerse de forma independiente. Kiev atribuyó el sabotaje a fuerzas rusas y Moscú acusó a Ucrania; ninguna investigación internacional concluyente ha fijado responsabilidades hasta la fecha. El episodio figura entre los que examina la Fiscalía General de Ucrania en su recuento de presuntos crímenes de guerra vinculados a la invasión iniciada en febrero de 2022.

Mientras se dirime esa responsabilidad, el proceso de regeneración natural continuará su curso sin intervención humana significativa, dado que la zona permanece próxima a la línea de contacto militar. Los científicos ucranianos plantean como siguiente hito la elaboración de un inventario detallado de especies y la evaluación, dentro de algunos años, de si el nuevo ecosistema boscoso resulta compatible con una eventual recuperación parcial del riego agrícola, sin que exista por ahora un calendario oficial para esa decisión.

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