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Irán usa el frente libanés como palanca en su pulso con Washington

Los bombardeos israelíes sobre el sur de Beirut y la respuesta iraní revelan que el conflicto libanés opera como ficha de negociación en el tablero Teherán-Washington.

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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Israel bombardeó durante la noche del domingo los suburbios meridionales de Beirut, bastión de Hizbolá, en una operación anticipada desde hace al menos una semana por fuentes de inteligencia regionales. Horas después, Irán lanzó represalias contra territorio israelí, confirmando lo que analistas y militares libaneses venían advirtiendo: que el conflicto en suelo libanés no puede disociarse de la partida diplomática y estratégica que Teherán libra con Washington.

Dahiyeh como campo de pruebas de la disuasión iraní

Los ataques del domingo sobre Dahiyeh, el cinturón sur de Beirut donde Hizbolá mantiene su principal infraestructura logística y administrativa, no representan una novedad táctica. Israel lleva décadas golpeando ese mismo perímetro urbano, con particular intensidad durante la guerra de 2006 —la más letal desde la independencia libanesa, con más de 1.200 muertos libaneses según cifras de la Cruz Roja Internacional— y de nuevo desde el estallido de la crisis actual. Lo que sí marca una diferencia cualitativa es la respuesta directa de Teherán, que abandona la lógica de la 'plausible deniability' —la negación razonable de su implicación operativa— para presentarse abiertamente como garante militar de sus aliados regionales.

Esa decisión responde a una lógica interna iraní que el geopolítico Michel Fayad resume sin ambages: para Teherán, vincular el expediente libanés al negociador es una forma de ampliar su superficie de presión antes de cualquier acuerdo nuclear o de distensión con Estados Unidos. La táctica tiene precedentes directos: Irán empleó la misma geometría durante las negociaciones del JCPOA entre 2013 y 2015, cuando activó a sus proxies regionales —Hizbolá, milicias iraquíes, hutíes en Yemen— para proyectar la imagen de una potencia con capacidad de desestabilización global, y no solo un Estado con programa nuclear.

La fractura interna libanesa: dos lecturas del mismo bombardeo

El debate sobre la soberanía libanesa no es nuevo, pero los eventos de los últimos días lo han radicalizado. Esta percepción refleja décadas de exclusión política y económica de la población chií del sur, una región que el Estado libanés ha financiado históricamente muy por debajo de la media nacional, algo que Hizbolá explotó desde su fundación en 1982 para construir su red paralela de servicios sociales, hospitales y escuelas.

La posición opuesta la articulan con precisión el Dr. Fouad Abou Nader, ex comandante en jefe de las Fuerzas Libanesas, y el general Hicham Jaber, oficial chií que se ha desmarcado públicamente de Hizbolá. Abou Nader señala que Hizbolá recibió la orden de atacar para provocar la respuesta israelí, que a su vez justificó la represalia iraní: un mecanismo de escalada controlada diseñado para insertar a Líbano en las negociaciones entre Teherán y Washington. Para este sector, el paralelismo histórico más exacto no es 2006, sino los años de la tutela siria (1976-2005), cuando Damasco utilizaba el conflicto palestino-israelí en suelo libanés como moneda de cambio en sus propias negociaciones con Occidente.

El sistema político libanés y su incapacidad estructural para responder

El Estado libanés carece de los instrumentos institucionales para gestionar esta crisis de forma autónoma. Su arquitectura política, articulada en torno al sistema confesional fijado por el Pacto Nacional de 1943 y reformado parcialmente por el Acuerdo de Taif de 1989, distribuye el poder entre las dieciocho comunidades reconocidas, lo que genera un sistema de vetos cruzados que paraliza cualquier decisión estratégica de calado. El Parlamento lleva años sin elegir presidente de la República —el cargo lleva vacante desde octubre de 2022, un récord incluso para los estándares libaneses—, y el Ejército Nacional opera con un presupuesto y una doctrina que le impiden confrontar militarmente a Hizbolá.

Najib Fayad, ex asesor del presidente Bachir Gemayel, aporta el análisis más descarnado sobre la correlación de fuerzas: Irán sabe que Donald Trump, al menos en esta fase de su mandato, no quiere escalar hacia una guerra regional abierta. Esa certeza le permite a Teherán subir la temperatura sin cruzar el umbral que obligaría a Washington a intervenir directamente. Es una estrategia de 'escalada administrada' que el politólogo estadounidense Thomas Schelling describió en su obra sobre conflicto y negociación como el uso deliberado del riesgo compartido para extraer concesiones diplomáticas.

Ain Ebel y el sur: el coste humano de la geometría geopolítica

Mientras los análisis estratégicos circulan en los despachos de Beirut y en los think tanks de Washington, en el pequeño pueblo cristiano de Ain Ebel, en el extremo sur del Líbano, una docena de proyectiles cayeron esta mañana hiriendo a al menos una mujer. Los testimonios de sus habitantes describen la desorientación de vivir en un espacio donde los misiles pasan por encima de las casas en ambas direcciones. La localidad, de mayoría cristiana maronita, no forma parte de ninguna estructura de Hizbolá, pero su posición geográfica la convierte en zona de tránsito de proyectiles lanzados desde aldeas vecinas.

La situación en el sur del Líbano no puede medirse solo en bajas puntuales. La Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) ha documentado en informes previos al actual ciclo de violencia el desplazamiento recurrente de decenas de miles de personas de la región de Nabatieh y del distrito de Tiro cada vez que se reactiva el frente. La ausencia de infraestructura de protección civil autónoma —hospitales funcionales, vías de evacuación señalizadas, sistemas de alerta temprana— convierte cada escalada en una crisis humanitaria de respuesta lenta. El general Jaber, que conoce bien el terreno, descarta que las conversaciones de Washington deriven en un alto el fuego operativo a corto plazo: basta observar las declaraciones públicas de los ministros israelíes Smotrich, Ben Gvir y Katz para constatar que el gabinete de Netanyahu no ha fijado condición de salida alguna.

Irán, el eje de resistencia y la arquitectura de proxies

Para entender la posición iraní es necesario remontarse a 1979. Tras la Revolución Islámica, Jomeini formuló la doctrina del velayat-e faqih —el gobierno del jurisconsulto islámico— como principio organizador no solo del Estado iraní, sino de toda la comunidad chií global. Esa pretensión de liderazgo transnacional se materializó en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) y, específicamente, en su Fuerza Quds, encargada de las operaciones exteriores. Hizbolá fue creado en 1982 con apoyo directo del CGRI en el contexto de la invasión israelí del Líbano, y su estructura de mando sigue respondiendo, según múltiples analistas y la propia inteligencia occidental, al velayat-e faqih con sede en Qom y Teherán.

Este diseño institucional es lo que Michel Fayad denomina 'ocupación iraní': no una presencia militar convencional con soldados sobre el terreno, sino una cadena de mando que sitúa las decisiones operativas clave fuera del alcance del Estado libanés. La analogía con la tutela siria (1976-2005) es estructuralmente válida, con una diferencia relevante: Siria era un Estado-nación con intereses acotables y negociables; Irán proyecta además una identidad ideológica y religiosa que activa lealtades identitarias dentro de la comunidad chií libanesa, complicando cualquier intento de desanclaje.

El tablero regional: Washington, Riad, Moscú y Pekín como telón de fondo

El conflicto libanés no puede leerse sin el contexto de recomposición del orden regional que se viene acelerando desde 2020. El Acuerdo de Abraham normalizó las relaciones entre Israel y cuatro países árabes —Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Sudán y Marruecos—, pero dejó fuera a Arabia Saudí, cuya normalización con Tel Aviv sigue siendo el objetivo estratégico prioritario de Washington. Una escalada libanesa que implique a Irán directamente complica ese proceso, lo cual explica parcialmente la cautela de la Administración Trump ante la provocación iraní.

Al mismo tiempo, Pekín completó en marzo de 2023 la mediación del acuerdo de normalización entre Arabia Saudí e Irán, una señal diplomática de primer orden que confirmó la voluntad china de proyectarse como potencia mediadora en Oriente Medio. Moscú, por su parte, mantiene presencia militar en Siria desde 2015 y observa el frente libanés como un vector de desgaste para Estados Unidos e Israel que no le cuesta activos propios. La fuente chií citada al inicio de esta pieza alude explícitamente a la 'dominación sino-rusa' como horizonte deseable, un encuadre que no es solo ideológico sino que refleja una percepción real de cambio en la correlación de fuerzas globales que sectores de la comunidad chií libanesa comparten.

Qué puede ocurrir en los próximos días

Los próximos días son determinantes por al menos tres razones concretas. Primera: Israel ha respondido a los ataques iraníes en ciclos de escalada-disuasión que históricamente duran entre 72 horas y dos semanas antes de que alguna de las partes señale una salida táctica. Segunda: las negociaciones entre Teherán y Washington sobre el expediente nuclear están activas, y cualquier escalada excesiva comprometería el margen negociador de ambas partes, lo que impone un techo implícito a la violencia. Tercera: la situación humanitaria en el sur del Líbano se deteriora a un ritmo que ACNUR y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) no podrán gestionar de forma silenciosa durante mucho más tiempo, lo que añade presión sobre la comunidad internacional para que intervenga diplomáticamente.

El Dr. Abou Nader propone una salida que comparte con sectores de la derecha cristiana y con algunos independientes laicos: un acuerdo directo entre Líbano e Israel que neutralice el pretexto de Hizbolá para mantener sus armas. La propuesta es estructuralmente lógica pero políticamente imposible mientras el Estado libanés carezca de presidente, mientras el gobierno sea de gestión y mientras Hizbolá controle los ministerios clave. El Acuerdo de Taif sigue siendo el marco constitucional vigente, pero su aplicación integral —incluida la cláusula que exige el monopolio estatal de la fuerza— ha sido bloqueada sistemáticamente desde 1989. Hasta que esa ecuación no cambie, el sur del Líbano seguirá siendo el terreno donde otros dirimen sus conflictos.

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