La pancarta, que combinaba los nombres de Ceuta y Melilla con los colores de la bandera marroquí, permaneció desplegada durante varios minutos en las gradas del estadio de Fez durante un partido de liga. La imagen se viralizó horas después, difundida entre otros por el periodista especializado en el Magreb Ignacio Cembrero, que la vinculó con las críticas vertidas días antes en la prensa marroquí contra el seleccionador español Luis de la Fuente y el presidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), Rafael Louzán, a quienes se acusó de «politizar el fútbol» tras su visita a Ceuta.
El episodio no es un hecho aislado. En las últimas semanas, varios miembros del Gobierno marroquí han reivindicado públicamente aspiraciones sobre Ceuta y Melilla. El ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, se refirió recientemente a supuestos «derechos históricos y geográficos» de Marruecos sobre ambas ciudades y planteó la apertura de vías de diálogo para resolver lo que considera una cuestión pendiente. Otras voces del Ejecutivo alauita insistieron después en términos similares.
El Ministerio de Asuntos Exteriores español ha rechazado de forma tajante cualquier cuestionamiento sobre la soberanía de Ceuta y Melilla, recordando que ambas ciudades son territorio español y forman parte de la Unión Europea desde la adhesión de España en 1986. La posición de Madrid, sostienen fuentes diplomáticas, es que esa condición está plenamente reconocida en el ámbito internacional y que no existe controversia jurídica abierta sobre su estatus.
La reivindicación marroquí no es nueva. Rabat ha mantenido históricamente una posición de reclamación sobre ambos territorios, apoyada en argumentos de contigüidad geográfica y en la interpretación de procesos de descolonización posteriores a su independencia en 1956. España, por su parte, sustenta su soberanía en una presencia que se remonta siglos —Melilla es española desde 1497 y Ceuta pasó a manos españolas en 1668— y en el marco constitucional de 1978, que reconoce a ambas ciudades como parte del territorio nacional, con estatutos de autonomía propios desde 1995.
El contexto en el que se produce el episodio resulta especialmente sensible. Hace apenas unas semanas, Ceuta sufrió una entrada masiva de personas a través de la frontera, un suceso que, según los testimonios recogidos en la ciudad, aún condiciona la vida cotidiana: muchos vecinos han modificado sus rutinas y salen a la calle con inquietud. El precedente más grave de este tipo se remonta a mayo de 2021, cuando cerca de 10.000 personas cruzaron a nado o a pie a Ceuta en apenas dos días en plena crisis diplomática entre los dos países.
El fútbol se ha convertido en los últimos meses en un escaparate recurrente para la proyección de mensajes identitarios en Marruecos. La enorme popularidad del deporte en el país y la capacidad de convocatoria de sus aficiones organizadas otorgan a los estadios una repercusión mediática que trasciende lo competitivo. Ese fenómeno se ha entrelazado con la organización conjunta del Mundial de 2030, que compartirán España, Portugal y Marruecos por decisión de la FIFA adoptada en 2023, un evento que ha intensificado el escrutinio mutuo entre aficiones y medios de los tres países y obliga a una coordinación logística y diplomática constante entre sus federaciones.
En ese marco se sitúa la visita que De la Fuente y Louzán realizaron a Ceuta días antes del episodio de Fez. El viaje fue interpretado en algunos medios marroquíes como un gesto de respaldo a la españolidad de la ciudad, lectura que motivó las acusaciones de «politizar el fútbol» dirigidas a ambos dirigentes. Ni la RFEF ni los aludidos han modificado su agenda a raíz de esas críticas.
Desde el punto de vista normativo, la exhibición de mensajes de contenido político en recintos deportivos está regulada de forma dispar según las federaciones. En España, la Ley del Deporte y los reglamentos de la RFEF prohíben expresamente los mensajes de carácter político u ofensivo en los estadios, con sanciones que pueden incluir el cierre parcial de gradas. La federación marroquí no ha informado hasta el momento de ninguna actuación disciplinaria contra el club de Fez por lo ocurrido.
La cuestión de Ceuta y Melilla ha sido tradicionalmente uno de los asuntos más sensibles en la relación bilateral, junto con la gestión migratoria, el Sáhara Occidental y los intereses pesqueros en el Atlántico. Ambos países mantienen a la vez una estrecha relación económica —Marruecos es uno de los principales socios comerciales de España en África— que en el pasado ha convivido con episodios de fuerte fricción, como la crisis de la isla de Perejil en el verano de 2002, que llegó a saldarse con un despliegue militar antes de una mediación internacional.
Una eventual respuesta institucional llegaría previsiblemente por canales diplomáticos antes que por declaraciones públicas inmediatas.
A partir de ahora, la atención se centrará en si el episodio provoca algún gesto oficial en Rabat o Madrid y en si se repiten manifestaciones similares en otros estadios marroquíes en las próximas jornadas ligueras. La proximidad del Mundial de 2030 y la necesidad de coordinación entre las federaciones española, portuguesa y marroquí añaden un factor de presión para que este tipo de episodios no escale hacia un contencioso diplomático de mayor entidad.

