Hay una elegancia perversa en que una compañía que vendió durante más de una década la promesa de que aprender programación o marketing digital garantizaba empleabilidad termine ilustrando, con su propia nómina, el fenómeno contrario. Platzi no recortó su equipo pese a la inteligencia artificial: lo hizo gracias a ella, y lo cuenta con la misma naturalidad con la que anuncia una ronda de clientes corporativos. La empresa que enseñó a millones a programar para no quedarse atrás ahora demuestra, con sus propias cifras, quién se quedó atrás primero.
El argumento de Vega es impecable en su lógica interna: la inteligencia artificial no elimina profesiones, cambia la manera de trabajar. Sostiene que los programadores ya no escriben código línea por línea, sino que supervisan arquitecturas complejas mientras agentes automatizados hacen el resto, y que algo similar ocurre en actividades financieras, de asistencia ejecutiva y de análisis. Puede que tenga razón. Pero conviene no confundir una tesis sobre el futuro del trabajo con un balance de resultados: 240 personas menos en la planta de una sola empresa colombiana no es una hipótesis académica, es una cifra que Vega mismo puso sobre la mesa.
Platzi Learn es, en el fondo, la exportación de ese mismo mecanismo. El sistema fue entrenado, según Vega, con el comportamiento de los siete millones de estudiantes que pasaron por los 6.000 cursos de la plataforma, y ahora promete tomar los manuales operativos, protocolos de servicio al cliente o procesos industriales de cualquier compañía y convertirlos en simulaciones, entrenamientos y evaluaciones en menos de una hora. Alianza Team y Rappi en Colombia, pruebas con iFood en Brasil, farmacéuticas, químicas, bancos y algunos gobiernos ya lo están probando, según el propio empresario, quien afirma que unas 4.000 compañías han usado Platzi para capacitar a sus trabajadores.
De 360 a 120 trabajadores
Lo llamativo es la honestidad casi involuntaria del relato: la empresa no oculta que su producto corporativo nace de la misma automatización que redujo su equipo en dos tercios. Vega lo presenta como una virtud —eficiencia, autonomía, ingenieros liberados para tareas complejas—, pero cualquier gerente de recursos humanos en Bogotá o Medellín leerá el mensaje con menos entusiasmo: si funcionó puertas adentro, funcionará puertas afuera, y la próxima empresa que compre Platzi Learn podría descubrir en su propio organigrama el mismo hueco que Platzi encontró en el suyo.
Conviene reconocerle a Vega que no está pidiendo plata. Asegura que la compañía lleva más de año y medio siendo rentable, que no busca una nueva ronda ni una salida a bolsa, y que su última capitalización de serie B —US$60 millones con participación de Prosus Ventures, cerrada entre finales de 2022 e inicios de 2023— quedó atrás. Es un contraste frente al ecosistema de startups que sobreviven de ronda en ronda: aquí, según su relato, hay caja y hay margen, no solo un discurso para levantar capital.
Pero la solidez financiera no exime del examen sobre el costo humano de llegar hasta ahí. La ambición declarada —multiplicar entre 10 y 20 veces la profundidad de mercado actual, reducir la dependencia de América Latina y operar en EE. UU., Japón, Brasil y Europa desde San Francisco, donde Vega dice encontrarse— es legítima y, a juzgar por las cifras que la propia empresa aporta, viable. Lo que no es gratuito es la manera en que se cuenta: como una historia de innovación pura, sin mencionar que detrás de cada hora de trabajo que ahora hace un agente de inteligencia artificial hubo, hasta hace poco, una persona haciéndola.
La proyección financiera no es un fenómeno nuevo en el ecosistema tecnológico colombiano: Rappi, hoy cliente de Platzi, protagonizó durante la década pasada la carrera de las startups regionales por captar capital de fondos internacionales antes de perseguir la rentabilidad. Platzi invierte hoy el orden del argumento, y lo hace apoyándose en la misma tecnología que discute.
La frase que resume la apuesta —Vega dice que el producto sirve "en Japón, Estados Unidos, Brasil y en Europa; nos funciona en todas partes"— podría figurar en cualquier informe de resultados. Es también, sin que su autor lo busque, la confirmación de que el modelo que llevó a Platzi de 360 a 120 empleados no es un accidente de una empresa colombiana en transición, sino el producto que piensa venderle al mundo. El costo laboral de la automatización, que atraviesa sectores enteros, es la misma conversación que asoma en el pulso del país por el alivio que llega en su hora.
