La arquitectura de las negociaciones: canales, partes y formato
Las conversaciones entre Irán y Estados Unidos se desarrollan en un formato que combina contactos directos —inéditos en su alcance desde la firma del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) en 2015— con canales de mediación en los que Omán ha vuelto a ejercer su papel histórico de interlocutor discreto. Muscat facilitó ya los contactos preliminares que en 2013 abrieron la vía a los Acuerdos de Ginebra; su reactivación como sede informal señala que ambas partes quieren mantener el proceso fuera del escrutinio público mientras los textos no sean maduros.
El formato actual no replica exactamente el del JCPOA, que implicó el llamado P5+1 —los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania— como parte activa. Según fuentes diplomáticas consultadas por agencias internacionales, en la ronda presente las potencias europeas (Francia, Alemania y Reino Unido, el llamado E3) mantienen un papel de observación estrecha pero no son negociadoras de primer plano, lo que reduce la complejidad procedimental aunque también el respaldo multilateral de cualquier acuerdo final.
El JCPOA como precedente roto: qué falló y por qué importa ahora
Para entender la dificultad del momento actual es indispensable recordar el recorrido del JCPOA. Firmado en Viena en julio de 2015 tras casi dos años de negociaciones formales, el acuerdo comprometía a Irán a reducir su capacidad de enriquecimiento de uranio —limitándolo al 3,67 % de pureza y a una reserva máxima de 300 kilogramos— a cambio del levantamiento escalonado de sanciones multilaterales. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) certificó en múltiples informes entre 2016 y 2018 el cumplimiento técnico iraní de esas obligaciones.
La retirada unilateral de Estados Unidos del acuerdo en mayo de 2018, bajo la administración Trump, y la reimposición de sanciones bajo la doctrina de 'máxima presión' desencadenaron la respuesta iraní: Teherán fue abandonando progresivamente sus compromisos hasta alcanzar niveles de enriquecimiento del 60 % —según el OIEA en su informe de febrero de 2024— y reducir drásticamente la cooperación con los inspectores internacionales. A fecha de 2025, Irán cuenta con reservas de uranio enriquecido que, según expertos del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, anuario 2024), lo sitúan a semanas técnicas de disponer de material suficiente para un artefacto nuclear, aunque la decisión política de fabricarlo sería otro estadio.
Este antecedente explica la desconfianza estructural de ambas partes: Washington exige verificaciones más estrictas que las del JCPOA original; Teherán exige garantías jurídicas de que un futuro presidente estadounidense no vuelva a romper el acuerdo de forma unilateral. Ese nudo es, según analistas del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), el principal escollo técnico del borrador en curso.
El alto el fuego de abril: qué cubre y qué deja fuera
Paralelamente a las negociaciones nucleares, Irán insistió este martes en que el alto el fuego regional acordado en abril —cuyo alcance exacto no ha sido detallado públicamente por ninguna de las partes— tiene carácter global, es decir, que no se circunscribe a un teatro de operaciones concreto. La afirmación iraní parece orientada a evitar interpretaciones restrictivas que limitasen la vigencia del cese de hostilidades a zonas específicas, como el Mar Rojo o el Líbano.
El concepto de alto el fuego 'global' es jurídicamente impreciso en el derecho internacional público. A diferencia de un armisticio formal —que implica un documento vinculante entre partes beligerantes— o de una resolución del Consejo de Seguridad bajo el Capítulo VII de la Carta de la ONU —que sería legalmente obligatoria para los estados miembro—, un alto el fuego acordado en términos informales entre potencias depende de la voluntad política de quienes controlan a los actores sobre el terreno. En el caso iraní, eso incluye a Hezbolá en Líbano, a los Hutíes en Yemen y a diversas milicias en Iraq y Siria, cuya obediencia a Teherán varía en función del contexto.
La geografía del interés: por qué Europa vigila este proceso desde Bruselas
La Unión Europea no es parte negociadora directa, pero sus intereses materiales en el resultado son de primer orden. La dependencia energética europea del Golfo Pérsico —aunque reducida respecto a 2021 tras la reorientación forzada por la guerra en Ucrania— sigue siendo relevante para varios estados miembro del sur y el este del continente. Según Eurostat (informe de comercio exterior, edición 2024), los países de la UE importaron en 2023 el equivalente a unos 1,4 millones de barriles diarios procedentes de la región del Golfo, sin que ese dato incluya el petróleo iraní, que permanece bajo sanciones.
Un levantamiento total o parcial de las sanciones a Irán —cuyas reservas probadas de petróleo se estiman en 208.600 millones de barriles, terceras del mundo según la OPEP en su Statistical Bulletin 2023— afectaría al equilibrio de oferta global y, por extensión, a los precios en Europa. La Comisión Europea ha señalado en diversas ocasiones, sin concretar cifras, que un retorno iraní ordenado al mercado podría amortiguar presiones inflacionistas en el continente, aunque el margen de maniobra de la OPEP+ —en la que Arabia Saudí y Rusia tienen peso determinante— introduce incertidumbre sobre el efecto neto.
Las posiciones de los actores: Teherán, Washington, Moscú y Pekín
Irán presenta públicamente las negociaciones como un ejercicio de soberanía: negocia, dice, desde la fortaleza de quien ha resistido una 'guerra económica' durante años, no desde la debilidad. Esta narrativa tiene uso doméstico evidente —el líder supremo, Alí Jamenei, debe convencer a los sectores más duros del establishment iraní de que un acuerdo no es una capitulación—, pero también es una señal a Washington de que el ritmo lo marcará Teherán.
Estados Unidos, por su parte, ha combinado en los últimos meses la señal de apertura diplomática con el mantenimiento del régimen de sanciones y el despliegue de activos militares en el Golfo Pérsico. El portaaviones USS Harry S. Truman y su grupo de combate permanecen en la región desde principios de 2025, según confirmó el Pentágono en declaraciones públicas recogidas por agencias. La postura de Washington puede resumirse en una fórmula empleada en múltiples ocasiones por altos funcionarios de la administración: 'ningún acuerdo es mejor que un mal acuerdo'.
Rusia y China, socios comerciales esenciales de Irán durante el periodo de sanciones —Pekín absorbió en 2023 aproximadamente el 90 % de las exportaciones de crudo iraní, según datos de la firma de análisis Kpler citados por Reuters— tienen incentivos divergentes: prefieren una Irán suficientemente estabilizado para no generar una crisis regional incontrolable, pero no tanto como para que Teherán se realinee con Occidente y reduzca su dependencia de Moscú y Pekín. Esta ambigüedad hace que ni Rusia ni China presionen activamente por un acuerdo rápido.
Próximos hitos: cuándo y qué puede consolidar o colapsar el proceso
Las próximas semanas son críticas por varios factores concurrentes. El OIEA celebra su Consejo de Gobernadores en junio, foro en el que varios estados miembro —entre ellos los europeos— podrían presentar una resolución crítica con Irán si no hay señales tangibles de avance en transparencia nuclear. Una resolución adversa dificultaría políticamente que Teherán continúe en la mesa sin mostrar concesiones públicas.
En paralelo, el Congreso de Estados Unidos —con mayorías que en ambas cámaras han mostrado escepticismo histórico ante acuerdos ejecutivos con Irán no sometidos a ratificación— podría activar mecanismos legislativos para complicar o bloquear cualquier alivio de sanciones que no pase por votación parlamentaria. El precedente del Iran Nuclear Agreement Review Act de 2015, que estableció un proceso de revisión congressional de 60 días para cualquier acuerdo nuclear, sigue siendo el marco de referencia aunque su aplicación exacta dependería del contenido concreto del texto final.
El calendario de la diplomacia iraní apunta, según fuentes citadas por agencias especializadas en Oriente Próximo, a una ronda técnica antes de que concluya junio. Si en ese plazo no hay un borrador suficientemente avanzado, el riesgo de que el proceso entre en hibernación hasta después del verano —con todo lo que eso implica para la estabilidad del alto el fuego regional— aumenta de forma significativa. Europa, observadora incómoda desde Bruselas, seguirá este termómetro con una atención que sus capitales todavía no han traducido en iniciativa diplomática propia.


