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Identifican en La Brea Tar Pits un sapo extinto que convivió con mamuts

Un investigador describe Spea labreae, nueva especie de anfibio del Pleistoceno hallada en fósiles de los años 50 conservados en Los Ángeles

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Un equipo de paleontólogos ha identificado en el yacimiento de La Brea Tar Pits, en pleno distrito de Miracle Mile de Los Ángeles, una especie extinta de sapo que habitó la región durante la última Edad de Hielo y convivió con mamuts y tigres dientes de sable.

La nueva especie, bautizada Spea labreae, permaneció sin analizar en detalle en las colecciones del Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles durante casi tres décadas, según ha explicado la propia institución. Los fósiles que han permitido su identificación proceden de excavaciones realizadas en la década de 1950, un detalle que ilustra hasta qué punto los grandes yacimientos siguen produciendo hallazgos muchos años después de la extracción física de los restos.

El proceso comenzó cuando Cruz revisó los fondos de anfibios y reptiles del yacimiento, que no habían sido objeto de estudio pormenorizado desde hacía casi treinta años. Según su relato, su primer impulso fue pensar que el hueso analizado correspondía a un ejemplar con alguna anomalía anatómica. La duda se disipó tras un trabajo comparativo minucioso: cotejó el fósil con ochenta huesos de sapos actuales procedentes de las colecciones del propio museo angelino y del Museo de Zoología de Vertebrados de la Universidad de California en Berkeley. «Revisé y revisé muchos ejemplares hasta que me convencí. Pensé, ¡Dios mío, esto es una especie nueva!», ha relatado el investigador.

La comparación morfológica entre Spea labreae y Spea hammondii, el sapo pata de pala que aún habita la región, muestra que la especie extinta alcanzaba un tamaño mayor que sus parientes vivos. Los fósiles analizados abarcan un rango temporal amplio, desde hace unos 45.000 años hasta el Holoceno, el periodo geológico que comenzó tras el final de la última glaciación, hace unos 11.700 años.

Por qué los anfibios son termómetros del pasado

Los anfibios resultan especialmente valiosos para reconstruir climas pretéritos porque apenas se desplazan a lo largo de su vida y son extraordinariamente sensibles a las condiciones ambientales de su entorno inmediato. «Si cambias el ambiente, cambias la vegetación. Si el clima es más cálido o más frío, afecta directamente a estos animales», ha señalado Cruz para explicar por qué la presencia o ausencia de estos animales en un estrato geológico aporta pistas fiables sobre las condiciones de la época.

Esa misma fragilidad esquelética que los convierte en buenos indicadores climáticos explica también por qué rara vez aparecen conservados en yacimientos convencionales. Solo en depósitos asfálticos como La Brea Tar Pits, donde el betún atrapa y preserva restos orgánicos con un detalle inusual, sobreviven huesos tan delicados durante milenios. Cruz y Emily Lindsey, curadora y directora del sitio de excavación en el Centro Global Samuel Oschin para la Investigación de la Edad de Hielo, sospechan que existieron muchas más especies de anfibios y reptiles en la zona cuyos restos, demasiado frágiles, jamás llegaron a fosilizarse.

El estudio no se limita a la descripción de Spea labreae. También documenta el primer registro en el suroeste de Estados Unidos del sapo excavador mexicano, del género Rhinophrynus, una especie que ya no habita en Los Ángeles y cuyas poblaciones más próximas se localizan actualmente a unos 2.500 kilómetros de distancia, en el sur de México. Ese desplazamiento geográfico, sumado a la extinción de Spea labreae, ofrece a los investigadores una ventana sobre las transformaciones ambientales que se produjeron al final de la última Edad de Hielo, cuando el clima del sur de California experimentó cambios en temperatura y humedad que alteraron la vegetación y la fauna asociada.

Los científicos consideran que estos episodios pasados de reorganización de especies pueden servir como referencia para anticipar cómo podrían responder los anfibios actuales al cambio climático, dado que se trata de un grupo animal con escasa capacidad de migración y alta dependencia de condiciones ambientales estables.

«Es un gran ejemplo de cómo todavía estamos encontrando nuevas cosas en La Brea Tar Pits, incluso después de un siglo de excavaciones e investigaciones continuas», ha afirmado Lindsey, en referencia a la dilatada historia del yacimiento, explotado de forma sistemática desde comienzos del siglo XX y considerado uno de los depósitos de fósiles de la Edad de Hielo más ricos del mundo. Desde el inicio de las excavaciones formales, La Brea Tar Pits ha aportado restos de mamuts, tigres dientes de sable y lobos gigantes, a los que ahora se suman anfibios que habían pasado inadvertidos entre las colecciones almacenadas.

El emplazamiento del yacimiento en un entorno plenamente urbano lo convierte en un caso singular dentro de la paleontología mundial: pocos lugares permiten excavar restos de megafauna del Pleistoceno a escasos metros de edificios y avenidas con tráfico intenso. La preservación en asfalto, además, ha permitido conservar no solo grandes vertebrados, sino también organismos de esqueleto delicado que rara vez sobreviven en otros contextos.

El anuncio llega en un momento de transformación para el yacimiento, que atraviesa un proceso de renovación con la construcción de un nuevo edificio para el Museo George C. Page, la institución que exhibe al público los hallazgos de La Brea Tar Pits. El proyecto busca ampliar el espacio expositivo y las capacidades de investigación del centro. El caso de Spea labreae sugiere que las colecciones ya extraídas —fósiles catalogados hace décadas y todavía sin estudiar en detalle— constituyen una vía de nuevos descubrimientos tan prometedora como las excavaciones futuras.

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