Hay una crueldad particular en que el negocio que vive del riesgo ajeno se desentienda cuando el riesgo se materializa. El circo cobra entrada por hacer creer que la muerte es un adorno del espectáculo, pero funciona —cuando funciona bien— como cualquier empresa: con seguros, afiliaciones, protocolos. Lady Lillani aseguró en el podcast que su hermano no estaba afiliado a salud ni a riesgos laborales cuando cayó. Si eso es cierto, no se trata de una fatalidad del oficio, sino de una fatalidad administrativa, que tenía remedio.
Lo que sigue a la caída es, en el relato familiar, más perturbador que la caída misma. No fue solo el silencio: fue, según Lady, la negación. En una de las audiencias la contraparte habría asegurado no conocer al artista ni haber trabajado nunca con él. "Decían no conocer a Lillani y que Lillani nunca trabajó con ellos", señaló. Es el tipo de afirmación que, si se confirma, convierte un accidente laboral en algo más parecido a un borrado.
El artista perdió, además de la movilidad para las acrobacias de alto riesgo, parte de la memoria. Y ahí hay una ironía amarga: el mismo golpe que le arrebató la capacidad de recordar es el que la familia necesita demostrar con detalle quirúrgico. Según su versión, Lillani cuenta con videos y otros elementos para acreditar la relación laboral que la otra parte, en su relato, prefiere no recordar. El proceso, según explicaron en el podcast, está a la espera de una tercera audiencia.
El caso pone sobre la mesa algo que trasciende la carpa y los trapecios: la informalidad laboral en oficios de alto riesgo sigue siendo, en buena parte de América Latina, un terreno donde el empleador decide cuándo existe el vínculo contractual y cuándo conviene que nunca haya existido. No hace falta ser circense para reconocer el patrón: se contrata de palabra, se exige con rigor y, cuando algo sale mal, de repente nadie firmó nada.
"Nosotros queremos que le respondan a él, porque prácticamente a él le destruyeron la vida, le acabaron los sueños, todo", aseguró Lady Lillani, hermana del artista.
La trayectoria de Lillani había sido la de un acróbata colombiano con proyección internacional. Según su testimonio, salió del país a los 18 años para trabajar en Ecuador y recorrió luego Israel, Francia, Países Bajos, Alemania y Rusia; fue invitado al Festival Internacional de Circo de Montecarlo, en Mónaco, donde conoció a integrantes de la familia Gasca, con quienes empezó a trabajar al regresar a Colombia. El accidente ocurrió cuando tenía alrededor de 23 años. "Fallé el salto y recibí el golpe", contó.
Juan Lillani, mientras tanto, hizo lo que suelen hacer quienes no tienen más remedio que seguir viviendo: se convirtió en padre, abrió un negocio y guardó las acrobacias en el cajón de lo irrecuperable. No pide un milagro. Pide, en sus propias palabras, "continuar con mi vida" y "encontrar la felicidad", una manera modesta y devastadora de reclamar lo que cualquier trabajador debería dar por sentado.
El abogado penalista Juan José Castro, que acompañó el testimonio en el podcast, fue claro en que corresponderá a la justicia —no a la opinión pública— establecer las eventuales responsabilidades, y precisó que los señalamientos sobre la falta de apoyo y las condiciones laborales corresponden a la versión de Juan y su familia. Entre tanto, el país sigue aplaudiendo circos, conciertos y espectáculos con la misma ligereza con la que, en otros ámbitos, aplaude a quienes arriesgan el cuerpo por oficio, sin preguntarse qué pasa cuando el aplauso termina y el hueso, literalmente, ya no sirve.
