El razonamiento de la CVC es correcto y verificable. Menos lluvia significa menos caudal en ríos y canales, menor capacidad de dilución de las aguas y, con las altas temperaturas, una descomposición acelerada de la materia orgánica que libera gases como el sulfuro de hidrógeno y el metano. "Uno de los principales factores es que el Valle del Cauca, y particularmente Cali, completa ya más de 40 días con ausencia de lluvias significativas", señaló Suárez Gutiérrez. La entidad añadió que el río Cauca y sus afluentes presentan caudales por debajo de lo habitual para la época.
El problema es que esa explicación deja fuera la otra mitad de la historia, la que no depende de las nubes sino de las tuberías. Cali cuenta con cerca de 99,87 kilómetros de canales de aguas lluvias distribuidos en 56 estructuras administradas por Emcali, según la propia CVC. Esos canales no fueron diseñados para transportar aguas residuales domésticas y, sin embargo, muchos las reciben por conexiones erradas que nadie parece detectar ni corregir con la velocidad que el fenómeno exige.
"Muchos de estos canales que fueron construidos para conducir aguas lluvias reciben de manera indebida aguas residuales domésticas. A esta situación se suma la disposición inadecuada de residuos sólidos y materia orgánica por parte de algunos ciudadanos, lo que incrementa los procesos de descomposición y la generación de olores", explicó Suárez Gutiérrez. La sequía, en ese sentido, no creó el problema: lo puso en evidencia, como la marea baja que descubre lo que había en el fondo todo el tiempo.
La solución de fondo, además, aún no está construida. La CVC reconoció que las inversiones en infraestructura de saneamiento —entre ellas el diseño de la segunda fase de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) de Cañaveralejo y otros proyectos ambientales— contribuirán "en los próximos años" a mejorar la calidad del agua y a disminuir los episodios de malos olores. Es decir: la respuesta estructural sigue en fase de diseño mientras el olor ya está en la calle.
Ese desfase entre el tiempo de la ingeniería y el de la ciudadanía es el verdadero asunto de fondo. Los caleños no pueden aguardar "los próximos años" para dejar de taparse la nariz, y las instituciones no pueden limitarse a explicar el fenómeno con precisión si no acompañan esa explicación con plazos, inversión verificable y control efectivo sobre quién conecta qué tubería a qué canal.
Un pasivo que precede a la sequía
La corporación hizo un llamado a los ciudadanos para que eviten arrojar basura a los canales y denuncien las conexiones erradas de aguas residuales, al considerar que la protección de las fuentes hídricas requiere el compromiso conjunto entre instituciones y comunidad. El llamado es razonable, pero la disposición inadecuada de residuos, siendo real, no explica por sí sola la insuficiencia acumulada de un sistema de saneamiento en una capital que supera los dos millones de habitantes.
Este no es un problema inédito en la historia ambiental colombiana. El río Bogotá cargó durante décadas con un pasivo de vertimientos domésticos e industriales sin tratamiento adecuado, hasta que una sentencia del Consejo de Estado, en 2014, ordenó a decenas de entidades ejecutar un plan de descontaminación que más de una década después sigue en marcha. La lección de aquel caso es directa: los problemas de drenaje y saneamiento no se resuelven con comunicados, sino con obras, presupuesto sostenido y una vigilancia que no dependa del ciclo de lluvias ni del ciclo político.
La CVC precisó, además, que el fenómeno no se limita a los canales urbanos: puede presentarse en otros cuerpos de agua superficiales del área urbana y rural que reciben descargas de aguas residuales o donde convergen distintas actividades productivas. La dirección y velocidad de los vientos, agregó, pueden desplazar los olores y hacer que se perciban en sectores alejados de la fuente de emisión. La entidad afirmó que mantiene un monitoreo permanente de la calidad ambiental y trabaja de manera coordinada con las autoridades competentes para identificar las fuentes.
La pregunta que queda sobre la mesa es institucional: quién audita las conexiones erradas a los canales de Emcali, con qué periodicidad y con qué consecuencias para quien las hace. Explicar el mal olor no es lo mismo que eliminarlo, y los caleños llevan varias semanas distinguiendo ambas cosas. Corresponde tanto a la autoridad ambiental como a la empresa de servicios y a la alcaldía responder a ese interrogante con acciones verificables, no solo con diagnósticos.
El horizonte inmediato depende de dos variables. La primera, meteorológica: la temporada seca que atraviesa el Valle del Cauca continuará agravando la descomposición mientras no se restablezcan las precipitaciones que devuelvan caudal a ríos y canales. La segunda, de gestión: que la segunda fase de la PTAR de Cañaveralejo avance del diseño a la obra con cronogramas públicos sería el paso concreto para que la próxima sequía no vuelva a convertir al sur de Cali en noticia por sus olores. Mientras tanto, la ciudad seguirá respirando las consecuencias de una infraestructura que funciona razonablemente bien hasta que el clima deja de disimular sus fallas.
