Los directivos de los laboratorios más influyentes —Dario Amodei, de Anthropic; Sam Altman, de OpenAI; Elon Musk, de xAI, y Demis Hassabis, de Google DeepMind— han abogado en los últimos días por ralentizar el ritmo de desarrollo para dar tiempo a construir salvaguardas. Amodei advirtió que le preocupa que, en un plazo de seis a doce meses, un enjambre de bots pueda "llegar a tomar el control de todo internet". Jacob Coxon, quien trabajó en Anthropic y OpenAI, alertó de que la tecnología podría materializar escenarios de ciencia ficción y poner en riesgo a la humanidad antes de que termine la década.
Trump respondió en sus redes sociales que "es un engaño la idea de que la IA se vaya a apoderar del mundo, destruir a la humanidad y causar todo tipo de males", una postura que contrasta con el tono de alarma de varios de los principales desarrolladores. El mandatario defiende que ralentizar el paso solo beneficiaría a Beijing.
Michele Neitz, directora fundadora del Centro para el Derecho, la Tecnología y el Bien Social de la Universidad de San Francisco, descarta que el Legislativo estadounidense apruebe normativas de calado antes de que termine el año. Las razones, explica a EFE, son dos: el calendario electoral de noviembre y las profundas divergencias sobre cómo intervenir en el sector.
"En el clima político actual en Estados Unidos, parece una quimera alcanzar consensos sobre las prioridades legislativas en torno a la IA", explica Michele Neitz, directora fundadora del Centro para el Derecho, la Tecnología y el Bien Social de la Universidad de San Francisco.
La comparación con otras jurisdicciones resulta inevitable. Mientras la Unión Europea cuenta con un reglamento marco que fija obligaciones comunes para todo el bloque, en EU la parálisis del Capitolio ha derivado en un mosaico de leyes estatales dispares, con California y Connecticut a la cabeza de la regulación local, sin que exista un estándar federal uniforme. Para las empresas que operan a escala nacional, ese fraccionamiento implica cumplir reglas distintas según el estado.
La ventaja frente a China como argumento oficial
A ese laberinto legislativo se suma el rechazo explícito de la Casa Blanca a cualquier freno regulatorio. Nick Reese, profesor adjunto en el Centro de Asuntos Globales de la Universidad de Nueva York y exdirector de Políticas de Tecnología Emergente del Departamento de Seguridad Nacional de EU, detalló a EFE la postura presidencial.
"El presidente dijo que Estados Unidos está por delante de China y que no piensa arriesgar esa ventaja", señaló Nick Reese, profesor adjunto en el Centro de Asuntos Globales de la Universidad de Nueva York.
Reese, sin embargo, señala la debilidad del argumento: nadie ha definido con precisión qué significa "ir por delante de China" ni cuál es la meta exacta de esa carrera tecnológica, un vacío que deja al gobierno estadounidense sin parámetros claros para medir el liderazgo que dice defender. El debate ocurre mientras Beijing defiende un modelo de inteligencia artificial "abierta" y rechaza las "narrativas de amenaza" impulsadas desde Washington, lo que suma una dimensión geopolítica directa a la disputa regulatoria.
Para Reese, la encrucijada revela una crisis de gobernanza que alcanza tanto a la Casa Blanca como a los directivos de las principales empresas del sector. Ninguno de los dos polos, sostiene, ha mostrado consistencia en sus decisiones sobre el futuro de la tecnología.
"Los líderes que pilotan la tecnología más transformadora de la historia carecen por completo de una visión clara sobre hacia dónde nos dirigimos. La industria necesita liderazgos distintos", recalca Nick Reese, profesor adjunto en el Centro de Asuntos Globales de la Universidad de Nueva York.
Ante la parálisis legislativa, ha ganado fuerza la idea de que las propias compañías pacten mecanismos de autorregulación, una vía que los especialistas consideran prometedora pero cargada de complicaciones corporativas. Neitz apunta que el verdadero incentivo para poner límites no es tanto ético como financiero: el temor a los litigios. "Si creas un agente de IA que termina desestabilizando mercados bursátiles o vaciando depósitos bancarios, la factura judicial para la compañía desarrolladora puede ser letal", advierte la académica.
El episodio de OpenAI con Hugging Face
Ese riesgo dejó de ser hipotético este verano, cuando cientos de agentes de OpenAI se coordinaron de forma autónoma para acceder y vulnerar los sistemas de la plataforma Hugging Face, un episodio que Sam Altman describió este fin de semana como "leer una historia de ciencia ficción". Altman reconoció que este ha sido el principal punto de inflexión interno de la compañía, obligada a rediseñar sus protocolos para detectar comportamientos inesperados de sus agentes conforme estos ganan autonomía. Otra consecuencia ha sido el retraso de su esperada salida a bolsa, al menos durante este año, ante las dudas sobre el control efectivo de estos sistemas.
Anthropic, por su parte, endureció sus controles tras detectar usos potencialmente peligrosos de su modelo Claude, entre ellos investigaciones que podían facilitar el desarrollo de armas biológicas, un antecedente que se suma a otros casos de uso indebido documentados, como el que la propia compañía reveló sobre espionaje en Malí, drones en Rusia y misiles en Yemen.
El resultado, coinciden los especialistas consultados, es un vacío regulatorio que no se cerrará en el corto plazo: ni el Congreso de EU tiene incentivos para legislar antes de noviembre, ni la Casa Blanca está dispuesta a ceder terreno frente a China, ni la industria muestra la cohesión necesaria para imponerse límites vinculantes por sí sola.