El vértigo tecnológico no es patrimonio exclusivo de las economías emergentes. Europa, con su gasto público elevado y redes de protección social que reparten mejor el crecimiento, se descubre acorralada entre dos superpotencias. Y según el planteamiento recogido en el material —ligado al influyente informe de competitividad que Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo, publicó en 2024—, ni Estados Unidos ni China ofrecen un modelo que realmente le convenga copiar.
La tentación de emular a Silicon Valley es comprensible: ahí nacen la mayoría de las innovaciones de la era digital. Pero el propio diagnóstico que circula entre los académicos y empresarios europeos agrupados en el Rhine Group advierte que esa innovación no se traduce automáticamente en productividad generalizada. En Estados Unidos, el crecimiento de la productividad laboral se desaceleró tras las crisis petroleras de los años setenta pese al arranque de la informática masiva, y la década previa a la pandemia registró la tasa más baja desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, sin que mermara la innovación.
El modelo estadounidense, señala el material, ha generado además una alta concentración de riqueza y poder económico que hoy alimenta la disfunción política y la polarización en EU. El espejo chino tampoco convence: Pekín domina manufactura, vehículos eléctricos y baterías, pero sobre una base industrial que Europa ya no tiene en el centro de su economía, concentrada en el sector servicios. Intentar competir con políticas industriales al estilo chino, salvo que medie un argumento de seguridad nacional, sería pedirle a una economía de servicios que se reinvente como fábrica.
El estándar GSM y la ventaja evaporada
Un ejemplo del material merece subrayarse: la telefonía celular se desarrolló en EU, pero fue Europa quien impuso el estándar GSM y permitió que Nokia y Ericsson dominaran el mercado global durante años, hasta que llegó el teléfono inteligente y la ventaja se evaporó. Lo mismo ocurrió con los reactores nucleares, desarrollados en EU y el Reino Unido pero convertidos en fuente predominante de electricidad por Francia, y con los robots industriales, aprovechados con mayor eficacia en las fábricas alemanas y japonesas que en los laboratorios estadounidenses que los concibieron.
La simetría inversa también existe: el motor de combustión interna, la World Wide Web y la turbina eólica nacieron en suelo europeo, pero fueron Estados Unidos y China quienes más los explotaron. La neerlandesa ASML fabrica las máquinas de fotolitografía más avanzadas del mundo y, aun así, Europa quedó rezagada en el mercado global de semiconductores, valuado en más de mil millones de dólares según las cifras del material, que esas mismas máquinas hacen posible.
La moraleja, aplicable a cualquier economía que mire con envidia los índices de innovación ajenos, es que inventar no equivale a prosperar. Lo que determina la productividad de un país no es quién patenta primero, sino quién logra que la tecnología llegue a la pequeña empresa, al trabajador y al sector servicios, que en Europa concentra ya la mayor parte del empleo. Ese debate sobre quién decide el rumbo del crecimiento y a quién beneficia tampoco es exclusivo del Rin ni del Potomac, como se planteó en esta misma sección, y resuena en la política económica mexicana que abordó el análisis sobre el estímulo que no es condonación.
El valor del diagnóstico europeo, más allá de sus cifras, está en aceptar que no hay atajo: copiar al poderoso rara vez funciona y el verdadero desafío —difundir la innovación, no solo generarla— exige políticas pacientes y poco vistosas. Según el material, Europa no puede ni debe competir con Estados Unidos y China en igualdad de condiciones, sino desarrollar su propio modelo productivista, diferenciado, cuya clave reside en implementar y difundir las innovaciones en toda la economía, con independencia de dónde se generen.



