El taller donde Bonolly trabaja queda justo frente a las casas cuyas rejas de metal, según cuenta, fueron soldadas hace décadas por su abuelo William. De él dice haber heredado el gusto por construir cosas con las manos: desde niño tomaba prestadas sus herramientas, algunas de las cuales todavía conserva sobre una repisa de madera, entre ellas un taladro negro que perteneció al abuelo.
La bicicleta que hoy exhibe —de estructura negra— se diferencia de otros modelos de su tipo en dos aspectos centrales. El primero es funcional: cuenta con asiento para dos personas, en lugar del habitual puesto individual. El segundo es técnico y responde al diagnóstico que el propio Bonolly hizo de la ciudad: un sistema pensado para absorber huecos, baches y desniveles, frecuentes en buena parte de la red vial de Medellín.
Para sustentar ese diseño, el joven recopiló reportes y estudios sobre el estado de la malla vial local antes de iniciar la construcción del vehículo. La cifra que encontró —un 70 % de deterioro— equivaldría a que, de cada 100 metros de vía, 70 no están en buenas condiciones. "Eso quiere decir que, de cada 100 metros, 70 no están en buenas condiciones", explicó Bonolly a la prensa local, y agregó que ese dato orientó las decisiones de ingeniería detrás de la suspensión de la bicicleta.
El interés de Bonolly por el mundo de las dos ruedas no nació con el trabajo de grado. Durante su infancia y adolescencia practicó disciplinas como veloarena en motos, cross country, BMX, dirt jump y downhill, esta última a nivel competitivo, con participación en torneos nacionales e internacionales como deportista de alto rendimiento.
Fue precisamente para costear los viajes asociados a esas competencias que, a sus 19 años, abrió un taller de reparación de bicicletas. La carrera deportiva se vio interrumpida en 2020 por una lesión, un quiebre que lo llevó a replantear su camino académico y profesional. Ese mismo año inició estudios de Diseño Gráfico, pero más adelante se cambió a Ingeniería de Diseño Industrial, motivado —según relató— por el deseo de concebir objetos y llevarlos a la realidad con sus propias manos.
En ese periodo fue armando, pieza por pieza, el taller que hoy ocupa en Belén, comprando herramientas a medida que los recursos se lo permitían. Sus primeros trabajos fueron lámparas; más tarde, cuando logró adquirir su primer equipo de soldadura, comenzó a fabricar estructuras metálicas —sillas, mesas y rejas, en un eco directo al oficio de su abuelo— tanto por afición como para generar ingresos adicionales.
Entre los encargos de mayor envergadura figura un partidor portátil, la estructura metálica que retiene la llanta delantera de una bicicleta y se abate mecánicamente para dar inicio oficial a una carrera. Un antiguo profesor suyo le encomendó la pieza, de dos metros de largo, que Bonolly construyó en apenas tres días en un taller prestado para la ocasión. En ese lugar conoció a Juan Luis, también ingeniero.
Una respuesta individual a un déficit de infraestructura
El fenómeno de la movilidad eléctrica de dos ruedas en Antioquia no es marginal. De acuerdo con reportes sobre el sector citados por la prensa local, el número de personas que se transportan en patineta y bicicleta eléctrica en el departamento habría crecido un 204 % en 2026 frente al año anterior, un salto que coincide con el interés creciente de jóvenes ingenieros y diseñadores por desarrollar soluciones de movilidad adaptadas a las condiciones locales.
Ese crecimiento se produce en un contexto de cambios en los patrones de desplazamiento del Valle de Aburrá. Según estudios recientes sobre movilidad en la región, la proporción de habitantes que se moviliza gracias al teletrabajo habría caído un 6 %, mientras los tiempos de los recorridos convencionales tienden a aumentar, un escenario que refuerza el atractivo de alternativas de transporte individual como la bicicleta eléctrica.
El deterioro de la infraestructura vial urbana no es un problema exclusivo de Medellín ni reciente en la historia de las ciudades colombianas. Desde hace décadas, las administraciones municipales del país han enfrentado el reto de mantener redes viales sometidas a un tráfico creciente con recursos limitados, un desafío que organismos como el Instituto Nacional de Vías (Invías) y las secretarías de movilidad municipales han intentado abordar mediante planes de repavimentación de alcance desigual.
El caso de Bonolly ilustra, en pequeña escala, una respuesta ciudadana a ese déficit: en lugar de esperar una intervención institucional sobre la malla vial, el diseñador optó por adaptar el vehículo a las condiciones existentes de las calles, un enfoque propio de la ingeniería de diseño industrial centrada en el usuario y su entorno real.
Por ahora, la bicicleta permanece como prototipo en el taller familiar de Belén, sin que se haya anunciado un proceso de producción en serie ni una fecha para su eventual comercialización. El propio Bonolly ha señalado que el proyecto surgió como trabajo de grado y no como emprendimiento formal, aunque su trayectoria como soldador y diseñador de estructuras metálicas deja abierta la puerta a futuros desarrollos en esa línea.
