Y aceptemos la segunda premisa, que la entidad nos ofrece con la misma serenidad: ninguno de los cinco sismos dejó víctimas, daños estructurales ni lesiones. Tienen razón. No hubo tragedia. No hay nada que lamentar esta madrugada. Si uno pide a una institución que mida y que informe, el Servicio Geológico Colombiano midió y el Servicio Geológico Colombiano informó. Expediente cerrado, podría pensar usted, y se iría tranquilo a dormir el resto de la madrugada.
Vamos un paso más allá, porque la explicación oficial es impecable. El SGC nos recuerda que estas réplicas son un fenómeno natural, asociado a movimientos de mayor magnitud, y que por sí solas no representan una amenaza adicional para la población. Perfecto. Es ciencia, no es opinión. Tras el terremoto que afectó a Colombia el 10 de agosto, era previsible la seguidilla; tras el de 7,7 que remeció a Panamá el 9 de octubre, también. La naturaleza se comporta como la naturaleza. Nadie va a enmendarle la plana a una placa tectónica.
Sumemos la tercera premisa, la geográfica, que el propio Servicio nos entrega con pedagogía encomiable. Estamos sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico. Aquí las placas conversan a su manera y, de esa conversación, salen temblores con la frecuencia con que en otras latitudes salen lloviznas. El Chocó, nos explican, es foco de actividad desde agosto. La entidad mantiene el monitoreo de la zona fronteriza y del Pacífico colombiano. Es decir: saben dónde va a pasar, saben que va a seguir pasando, y lo están mirando. Concédanles también esto. Mirar es un verbo, y lo están conjugando sin descanso.
De modo que tenemos ya el cuadro completo, aceptado premisa por premisa sin una sola objeción. Un organismo que mide con exactitud de cronómetro. Una región donde se sabe, con certeza científica, que la tierra se moverá otra vez. Y una población —Manizales, Risaralda, Medellín, Pereira, Istmina y los municipios aledaños— que esta madrugada sintió el suelo y supo del asunto, según el propio reporte, por los canales oficiales de la entidad y por lo que los usuarios contaban en redes. Todo encaja. Todo funciona. Todo está, como diría el acta, sin afectaciones.
Escribió Gómez Dávila que «el progreso se reduce finalmente a robarle al hombre lo que lo ennoblece, para poder venderle barato lo que lo degrada». Perdónennos el salto, pero conviene tenerlo presente cuando una institución confunde el progreso de medir con el progreso de proteger. Porque medir un sismo al minuto es un prodigio técnico que ennoblece a quien lo logra. Y sin embargo, el acta perfecta puede volverse, sin que nadie lo note, la coartada barata que degrada la pregunta verdadera. El Istmina de las 5:16 sabe exactamente a qué hora tembló. Lo que no aparece en ninguno de los cinco reportes es qué se hace con ese saber.
Aquí es donde el razonamiento, seguido con todo rigor, revienta solo. Porque si aceptamos —y lo aceptamos— que el Chocó es foco de actividad desde el 10 de agosto; si aceptamos que los expertos advierten que tras un evento de la relevancia del de agosto o el de octubre es normal una seguidilla de temblores; si aceptamos que el monitoreo se mantiene; entonces la conclusión que nadie firmará en voz alta es esta: lo único que la institucionalidad nos garantiza, con exactitud de siete decimales, es que sabremos la hora precisa del próximo. No que estaremos preparados. No que el Chocó, que lleva temblando desde agosto, tendrá algo más que un reporte al amanecer. La función del Estado parece haberse reducido a la de un testigo de lujo: presente, puntual, atento y absolutamente incapaz de evitar lo que observa.
Y es aquí donde la casta cerrada asoma, sin bando, como siempre. Porque entre quien paga la entrada —el habitante de Istmina, de Pereira, de Manizales, que esta madrugada despertó con el suelo moviéndose— y el club de las actas impecables, media un abismo que ningún sismógrafo mide. El club informa de que no hubo daños esta vez. El que paga quiere saber qué pasa la próxima, en una región que lleva dos meses de réplicas sobre el Cinturón de Fuego. El Servicio Geológico Colombiano cumple su mandato de medir, y lo cumple admirablemente. Pero medir no es blindar. Reportar no es reforzar. Y la frontera entre Colombia y Panamá, esa que concentra la atención sismológica, no se protege desde un canal oficial a las tres y cuarenta y tres de la madrugada.
Así que la pregunta queda colgada, y no es retórica. El Servicio Geológico Colombiano nos dirá, con la puntualidad de siempre, la magnitud, la profundidad y la hora exacta del próximo temblor en el Chocó que lleva sacudiéndose desde agosto. Lo hará bien. De eso no hay duda. La duda, la única, es la otra: cuando ese reporte llegue, ¿quién, con nombre y apellido, habrá movido un dedo entre el sismo del 10 de agosto y el que viene para que el Chocó tenga algo más que el minuto exacto en que volvió a temblar?

