Aceptemos también la segunda premisa, que viene pegada a la primera como la letra pequeña de un contrato: el gesto ocurre justo después de que la entidad reportara uno de los crecimientos semestrales más pronunciados de la banca que opera en el país en años recientes. No hay contradicción alguna en esto. Al contrario: solo puede regalar quien tiene. Que la mano que da haya cerrado un semestre de récord no ensucia la donación; la hace posible. Sigamos.
Concedamos la tercera premisa, la más técnica y la más elegante. El récord no cayó del cielo. Se explica, dice el propio reporte, por un ciclo de tasas de interés que el Banco de la República ha venido ajustando a la baja de manera gradual, lo que reactivó el crédito de consumo y comercial y engrosó los ingresos por intermediación. Traducido: la misma decisión de política monetaria que le abarató el crédito a usted —y que lo animó a volver a endeudarse— es la que le llenó las arcas al banco. Bien. Aceptado también esto.
Aceptemos la cuarta, que es de aritmética simple. El resultado atribuido a BBVA se ubica por encima del promedio de crecimiento de otras entidades del sistema en el mismo periodo. Es decir: no todos ganaron igual, este ganó más. Y de ese más —de ese margen que lo distingue del resto del pelotón— sale la donación. Nadie ha dicho cuánto pesa la donación dentro de la utilidad; el reporte no lo precisa, como tampoco precisa dónde fue el sismo. Pero no importa. Lo que importa es la secuencia, y la secuencia hasta aquí es impecable: tasas a la baja, crédito arriba, utilidad récord, gesto.
Aceptemos, por fin, la quinta premisa, la institucional. El sistema opera bajo la vigilancia de la Superintendencia Financiera, que supervisa la solidez patrimonial y el cumplimiento normativo. Las utilidades se ajustan a estados financieros certificados y auditados, para garantizar transparencia frente a accionistas, ahorradores y organismos de control. Cuando el aporte se canaliza vía convenios públicos, la Contraloría General de la República puede seguirle el rastro. Todo está vigilado. Todo está previsto. Todo tiene su ventanilla. No falta nada. Y ahí, precisamente, empieza el problema.
Escribió Gómez Dávila que «la generosidad del rico suele ser magnanimidad con lo ajeno». La frase no acusa a nadie: describe una mecánica. Pongámosla a prueba con los datos que sí constan. La utilidad récord nació de un crédito reactivado por tasas a la baja. Ese crédito lo pidió usted. Los intereses que engordaron el semestre los pagó usted. El margen que sobresale sobre el promedio del sistema salió, cuota a cuota, del bolsillo del mismo país que ahora recibe, agradecido, una parte de vuelta. La donación no viene de otro lugar. Viene de aquí.
Y aquí es donde el razonamiento revienta solo, sin que nadie tenga que empujarlo. Sigamos la lógica oficial hasta el final, con el rigor que ella misma exige: si el gesto es admirable porque devuelve a las comunidades una fracción de lo que las comunidades produjeron pagando intereses, entonces el aplauso no es por generosidad sino por el porcentaje que se decidió reintegrar. Cámbielo usted mentalmente: si en lugar de $7.263 millones hubieran sido $726, la mecánica sería idéntica y el titular imposible. Lo que celebramos, entonces, no es que hayan dado. Es que hayan decidido cuánto dar de lo que ya era, en su origen, plata prestada por el país a sí mismo con recargo. La banca colombiana apoyó la reconstrucción del Eje Cafetero tras el terremoto de Armenia en 1999, cuando el Forec canalizó lo que llegaba; nadie discute que ayudar ayude. Se discute que ayudar con el excedente del propio ayudado se cuente como acto de desprendimiento y no como devolución parcial de un vuelto.
Llevémoslo hasta el disparate, que es donde la lógica termina de mostrarse. Si el récord se sostiene —y el propio reporte advierte que habrá que esperar al cierre fiscal de 2026, que se conocerá a comienzos de 2027, para saber si fue tendencia o efecto puntual—, entonces cada semestre extraordinario debería producir, por pura coherencia, un gesto extraordinario. A mayor utilidad, mayor donación; a mayor crédito pagado por usted, mayor aplauso para quien se lo cobró. En ese país perfecto, el mejor donante sería siempre el que más ganó, y el que más ganó sería siempre el que más nos prestó, y el que más nos prestó sería siempre el más aplaudido por devolvernos un pedazo. El círculo se cierra tan limpio que da vértigo: la casta que cobra la entrada organiza también la rifa de la entrada, y saca usted un premio que ya había comprado.
Nada de esto es ilegal, y conviene repetirlo: los estados están auditados, la Superintendencia vigila, la Contraloría puede seguir el rastro si hay convenio. Falta apenas un dato, el único que convertiría la magnanimidad en cuenta clara. Los voceros de BBVA no se han pronunciado más allá del reporte; la Superintendencia Financiera tampoco. Así que la pregunta queda colgada, y no es retórica, tiene respuesta y tiene ventanilla: cuando el banco presente, como se espera, su informe sobre la ejecución de esta donación, ¿quién de esas dos casas —la que reporta o la que vigila— va a decirle a usted qué porcentaje de la utilidad récord representan los $7.263 millones que le devolvieron?
