Dezcallar, que dirigió el CNI entre 2001 y 2004 y ha sido embajador en países como Marruecos, Arabia Saudí y Estados Unidos, advirtió que no habla desde dentro del servicio actual. Él mismo lo aclaró: «Yo estoy fuera de juego desde hace tiempo». Pero reivindicó el conocimiento acumulado por la inteligencia española sobre el país vecino, al que describió como una referencia para sus socios europeos: «Cuando el MI6 o los demás europeos querían saber algo de Marruecos, nos preguntaban». De ahí extrajo su conclusión sobre Ceuta: «No puedo creer que el CNI no lo supiera».
Según su lectura de los informes desclasificados, los servicios de inteligencia sí trasladaron señales de alarma antes de la entrada masiva de personas en Ceuta en mayo de 2021, coincidiendo con la acogida en España del líder del Frente Polisario, Brahim Gali, que entonces ingresó en un hospital de Logroño. Dezcallar precisó que esos informes «no dijo que iban a entrar 80.000», pero sí alertaban del aumento del problema y de redes sociales que movilizaban a una audiencia de «180.000 personas» en la zona fronteriza.
El ex director trazó una distinción que considera central para entender lo ocurrido: la que separa el trabajo de los servicios de la decisión política. «Los servicios pueden advertir, analizar y trasladar información, pero la decisión final no les corresponde», sostuvo. Apuntó dos hipótesis no excluyentes para explicar el desenlace: que el Gobierno no atendiera las advertencias o que los propios servicios no las remarcaran con suficiente urgencia. «Eso no lo sé», admitió, aunque aseguró que el Ejecutivo recibió informes «del CNI, pero también de otros».
Lo que rechazó sin matices es que esos documentos hayan terminado siendo de conocimiento público. Dezcallar comparó la situación con un episodio de su propia carrera: la desclasificación de informes tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, impulsada por el entonces presidente José María Aznar. «A mí me lo hizo Aznar después del 11 de marzo. Me lo hizo también y le presenté la dimisión en aquel momento porque estaba en profundo desacuerdo con lo que hizo», relató, estableciendo un paralelismo directo entre ambos episodios.
Qué revela un informe tachado
El argumento técnico de Dezcallar se detiene en el propio formato de la desclasificación. A su juicio, el problema no es solo que se publiquen documentos, sino cómo se hace: de forma selectiva y con partes tachadas, lo que paradójicamente facilita el trabajo de un servicio de inteligencia extranjero que analice el papel resultante. «Le está diciendo qué nos interesa, qué medios tenemos, qué medios no tenemos, con qué aliados contamos, con qué no contamos y cuánto tiempo tardamos desde que averiguamos una cosa hasta que se toma una decisión», explicó. Añadió un riesgo operativo concreto: que la desclasificación ayude a «apuntar el foco sobre un informador, sobre un topo que podamos tener».
Dezcallar mencionó un caso específico entre los documentos revelados: conversaciones de altos mandos del ejército marroquí interceptadas desde Sevilla. Su reacción fue de incredulidad ante la exposición pública de un método de obtención tan sensible: «¿Pero estamos locos o qué?». De ahí extrajo la frase que condensa su tesis sobre el daño institucional causado.
«Ningún servicio de inteligencia te va a dar un informe si sabe que puede acabar en una tertulia televisiva», afirmó Jorge Dezcallar, ex director del CNI.
El ex director advirtió además de un efecto disuasorio futuro sobre los propios analistas del centro. Se preguntó cómo redactarán sus informes a partir de ahora, sabiendo que un documento clasificado puede terminar publicado: «¿Cómo van nuestros analistas a escribir a partir de ahora? ¿Con cuántas precauciones lo harán?». Su balance final sobre la desclasificación fue que resultó contraproducente incluso para el propio relato del Gobierno, pese a que los informes respaldarían que hubo aviso previo: «Yo creo que es un enorme error porque no ha contribuido a mejorar su imagen [.] y, sin embargo, ha hecho daño a los servicios».
El capítulo Pegasus y la sombra marroquí
La entrevista abordó también la infección por el programa espía Pegasus de los teléfonos del presidente del Gobierno y de varios ministros, un episodio reconocido oficialmente. Dezcallar reconoció desconocer el contenido exacto de lo sustraído de esos dispositivos, pero no rehuyó señalar una hipótesis: «Es muy probable que quien esté detrás de eso sea Marruecos, porque eso coincide con la entrada de Brahim Gali».
Pese a apuntar esa hipótesis, se cuidó de presentarla como certeza y apeló a la prudencia metodológica: «Soy muy cuidadoso con las teorías de la conspiración porque hay que probarlas antes de decir nada». Recordó además que el caso español no fue aislado: según sus palabras, Pegasus «también lo hizo con Macron en Francia», en referencia al presidente francés, Emmanuel Macron. Subrayó que la respuesta oficial española ante el episodio ha sido el silencio: «Nosotros hemos optado por el silencio. No decir nada».
Dezcallar vinculó explícitamente la crisis de espionaje con la de Ceuta, describiendo una cadena de causa y efecto: el conocimiento marroquí de que España había acogido a Gali, el presunto pinchazo de los teléfonos y la posterior entrada masiva de personas en la ciudad autónoma. «Fue una ingenuidad pensar que no se enterarían. Se enteraron, montaron el pollo que montaron y, como consecuencia, se produjo la invasión aquella de Ceuta, la del año 2021», resumió, en una lectura que conecta inteligencia, diplomacia y control fronterizo.
Las tensiones entre Madrid y Rabat ligadas a la seguridad y la frontera siguen marcando la actualidad de la región; esta misma semana un superpetrolero ardió en el estrecho de Ormuz tras el impacto de un proyectil, en un entorno marítimo igualmente sensible para los servicios de inteligencia.
Preguntado por operaciones del CNI que aún permanecen bajo secreto, el ex director confirmó que existen episodios que nunca hará públicos: «Muchas y no las voy a contar». Ante la pregunta de si se las llevará a la tumba, su respuesta cerró la entrevista sin ambigüedad: «Sí, me las llevaré a la tumba. Claro que sí. Primero porque me lo impide la ley y segundo porque tampoco quiero».