Antes de la llegada de plataformas como TikTok o Instagram, apunta el investigador, las personas ya buscaban pertenecer a un grupo, sentirse aceptadas y obtener reconocimiento. La diferencia es que ahora esa interacción ocurre frente a una pantalla y puede alcanzar una audiencia mucho más amplia que los círculos cercanos de antaño. La velocidad del proceso, agrega, es una de las principales diferencias respecto a épocas anteriores: un contenido puede circular entre un grupo reducido y llegar a personas de otros lugares en poco tiempo.
Participar en una tendencia funciona, de acuerdo con Ramos Chávez, como un código compartido: usar un audio, repetir un formato de video o compartir un meme permite demostrar que se conoce lo que ocurre dentro de una comunidad determinada. El académico precisa que esa participación no necesariamente implica una búsqueda de fama; en muchos casos las personas identifican una dinámica colectiva y deciden sumarse.
El investigador relaciona el fenómeno con el concepto de capital simbólico, desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, entendido como el reconocimiento, prestigio o valor que otras personas atribuyen a alguien. En redes, explica, una fotografía, un video, una habilidad o una manera de vestir pueden emplearse para proyectar una imagen personal que, al recibir interacciones, se traduce en una respuesta cuantificable. Donde antes la aceptación se notaba en círculos cercanos, hoy las plataformas convierten parte de esa respuesta en números: visualizaciones, comentarios, seguidores y "me gusta".
La influencia puede intensificarse cuando aparece la presión social. Si una persona observa que cierto contenido acumula miles o millones de interacciones, puede leer esa popularidad como un indicio de que participar es una vía para obtener reconocimiento. A ello se suma el miedo a quedar fuera de una conversación que cambia de manera constante, de modo que conocer el meme o la expresión del momento se vuelve una forma de demostrar pertenencia, incluso sin participar directamente en la tendencia.
Los algoritmos generan un efecto doble, plantea el investigador: permiten que millones de personas en distintos lugares conozcan las mismas canciones, expresiones o estéticas, pero al mismo tiempo favorecen la formación de microcomunidades con intereses particulares. Internet produce así una cultura compartida a gran escala y, de manera simultánea, numerosas comunidades específicas. El fenómeno atraviesa la conversación cultural del país, presente lo mismo en discusiones sobre música urbana como la que sostuvo Lila Downs al abrir la puerta a una colaboración con Cachirula que en videos virales grabados en las calles de la Ciudad de México.
Sobre el futuro de estas dinámicas, Ramos Chávez sostiene que las tendencias específicas seguirán cambiando, tal como el Harlem Shake quedó asociado a una etapa ya superada de internet, mientras la necesidad que las origina permanece.
"Las tendencias específicas cambian con el tiempo. Así como el Harlem Shake quedó asociado con una etapa antigua de internet, surgirán otras expresiones y formas de interacción", planteó Héctor Alejandro Ramos Chávez, investigador del IIBI de la UNAM.
El académico concluye que lo que permanece detrás de cada moda digital es la necesidad de pertenecer, destacar, relacionarse y obtener reconocimiento, y que la influencia real de una tendencia no se mide por cuánto tiempo dura viral, sino por lo que consigue movilizar mientras está presente.