El caso del Puracé se conoce en momentos en que varios fenómenos naturales han captado la atención pública en distintas partes del mundo, entre ellos sismos registrados en Colombia, México, España e Indonesia, así como una avalancha en Nepal que dejó cientos de víctimas. Estos episodios han reavivado el interés por entender cómo los científicos monitorean el comportamiento de la Tierra y hasta qué punto es posible anticiparse a una tragedia.
A diferencia de los terremotos, cuya ocurrencia no puede predecirse con exactitud, la actividad volcánica sí deja señales medibles que permiten a los vulcanólogos evaluar niveles de riesgo con relativa anticipación. El SGC, entidad adscrita al Ministerio de Minas y Energía y encargada del monitoreo geológico y volcánico del país, es el responsable de emitir los reportes técnicos y las alertas correspondientes para cada uno de los volcanes activos del territorio nacional.
En el caso específico del Puracé, además del fracturamiento de roca y la sismicidad por movimiento de fluidos, el SGC ha reportado emisiones de dióxido de azufre y un incremento en la presencia de dióxido de carbono en el suelo alrededor del edificio volcánico. No obstante, la entidad precisó que, hasta el momento, no se han identificado anomalías térmicas en la zona del cráter, un dato relevante porque el aumento de temperatura suele asociarse al ascenso de magma hacia la superficie.
Qué significa la alerta naranja
El nivel de alerta naranja, dentro de la escala de cuatro colores que emplea el SGC (verde, amarillo, naranja y rojo), indica que la probabilidad de una erupción se ha incrementado en un lapso de días a semanas respecto a un estado de mayor calma, aunque no implica que el evento sea inminente. Este esquema de semaforización es el mismo que ha regido el monitoreo de otros volcanes colombianos históricamente vigilados, como el Nevado del Ruiz y el Galeras. El SGC opera actualmente una red de vigilancia que cubre los principales volcanes activos del país a través de sus observatorios vulcanológicos.
La vigilancia volcánica en Colombia tiene un antecedente ineludible en la tragedia de Armero, ocurrida en noviembre de 1985, cuando la erupción del Nevado del Ruiz provocó un flujo de lodo que sepultó al municipio tolimense y dejó más de 25.000 muertos, según cifras históricas documentadas por el propio Servicio Geológico Colombiano. Aquel episodio, considerado uno de los mayores desastres naturales de la historia reciente del país, marcó un antes y un después en la institucionalidad del monitoreo geológico y derivó en la creación de redes de vigilancia sismológica más robustas en las décadas siguientes.
De acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), la mayoría de los volcanes activos en el mundo presentan algún tipo de señal previa antes de entrar en erupción. Entre los indicadores más comunes figuran el aumento de la actividad sísmica, las deformaciones del terreno, los cambios en el calor superficial y las variaciones en la composición de gases volcánicos y aguas subterráneas cercanas al edificio volcánico.
Los vulcanólogos también vigilan los cambios en la superficie del terreno, pues el desplazamiento del magma puede provocar que el suelo se eleve o descienda de manera perceptible. Estas deformaciones pueden medirse incluso desde el espacio mediante satélites dotados de tecnología de radar, una herramienta especialmente útil para el seguimiento de volcanes ubicados en zonas remotas o de difícil acceso terrestre, como ocurre con buena parte de la cordillera volcánica andina.
El aumento de la temperatura en sectores específicos del volcán constituye otro indicio relevante, pues puede señalar que el magma se aproxima a la superficie. Estas variaciones térmicas se detectan mediante instrumentos instalados en tierra y también a través de sensores satelitales, que permiten un monitoreo continuo incluso en condiciones climáticas adversas o de difícil acceso físico al cráter.
Según el USGS, ninguna de estas señales, tomada de manera aislada, permite afirmar que una erupción ocurrirá de forma inmediata. El análisis conjunto de los distintos indicadores —sismicidad, deformación, gases y temperatura— y su evolución durante periodos prolongados es lo que permite a instituciones como el SGC establecer si la actividad de un volcán está en ascenso y definir el nivel de alerta correspondiente.
El monitoreo permanente resulta clave no solo para la comunidad científica, sino también para las autoridades locales y regionales encargadas de la gestión del riesgo. En el caso del Puracé, la alerta naranja implica que organismos como la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres y las administraciones municipales del Cauca mantienen protocolos de coordinación con el SGC para informar oportunamente a las comunidades asentadas en el área de influencia del volcán.
El Servicio Geológico Colombiano continuará emitiendo reportes periódicos sobre la evolución de la actividad del Puracé, en los que detallará cualquier cambio significativo en los parámetros monitoreados. Mientras no se registren variaciones abruptas —como anomalías térmicas sostenidas o un incremento notable en la sismicidad—, el nivel de alerta se mantendrá en naranja, a la espera de que los indicadores confirmen una tendencia clara hacia un mayor o menor riesgo.
