Aceptemos también la segunda premisa, que es más generosa todavía. Hubo dictamen previo. La comisión de Relaciones Exteriores revisó el perfil del propuesto antes de someterlo al voto, como manda el procedimiento. Nadie improvisó. No estamos ante un dedazo escondido, sino ante un trámite que cumplió cada uno de sus pasos: propuesta, revisión, dictamen, votación. Y el resultado fue el ideal que cualquier manual de derecho parlamentario firmaría con los ojos cerrados: ratificación por consenso de un funcionario cuya trayectoria, según lo reportado, no ofrece flanco.
Concedamos la tercera. Este es, en efecto, el tipo de nombramiento que llega a la Permanente sin controversia partidista, a diferencia de las designaciones para la Suprema Corte o los órganos autónomos, que se discuten durante semanas. Es un cargo técnico, no una batalla. La embajada en Irlanda no figura entre las consideradas estratégicas —esa distinción se reserva, nos recuerdan, a plazas como la de Estados Unidos—, y por tanto no concentra la atención pública. Todo encaja. El sistema separó, con precisión de relojero, lo que merece escrutinio de lo que merece cortesía.
Y aquí es donde uno empieza, no a objetar —Dios nos libre de objetar algo tan impecable—, sino a admirar. Porque si aceptamos que el contrapeso legislativo existe para vigilar al Ejecutivo, y aceptamos además que la vigilancia funciona mejor cuando el vigilado y el vigilante coinciden sin fricciones, entonces hemos descrito el contrapeso perfecto: aquel que ratifica sin discutir. La unanimidad, nos dicen, indica que el trámite no generó fricciones entre las bancadas. Espléndido. Un control que no roza es un control que no estorba.
Sigamos el razonamiento un paso más, con la misma seriedad. El texto de la casa nos informa de que el Senado, y en su receso la Permanente, han ratificado de manera sistemática a los embajadores propuestos por el Ejecutivo desde 1917, con escasas excepciones de rechazo explícito. Sistemática. Es decir: en más de un siglo, el contrapeso ha dicho que sí casi siempre. No es un defecto del sistema; es su rendimiento. Un mecanismo que aprueba de manera sistemática lo que se le pone enfrente no está fallando: está cumpliendo con una exactitud que da vértigo.
Octavio Paz llamó al Estado mexicano el ogro filantrópico: la mano que reparte es la misma que aprieta, y ambas visten de institución. Aquí no hay ogro ni aprieto —hay algo más elegante—: un contrapeso que se pesa a sí mismo y siempre da el fiel. La comisión revisa un perfil que no ofrece dudas, la Permanente vota lo que la comisión recomienda, y el pleno del Senado, cuando regrese el 1 de septiembre, hará con los próximos nombramientos exactamente lo que ha hecho durante un siglo. El PRI hegemónico perfeccionó el arte de que las formas se cumplieran todas para que el fondo no cambiara ninguna; la novedad es que ahora lo hacemos por unanimidad de todas las bancadas, lo cual es, admitámoslo, un progreso democrático: antes obedecía una sola.
Y entonces revienta solo, sin que nadie lo empuje. Si el contrapeso funciona precisamente cuando no genera fricciones, y las escasas excepciones de rechazo confirman que la regla es el sí, la conclusión que nadie firmaría es esta: el diseño constitucional de 1917, pensado para que el nombramiento de representantes no recayera en exclusiva sobre el Poder Ejecutivo, ha producido durante más de un siglo un resultado indistinguible de aquel en que hubiera recaído en exclusiva sobre el Poder Ejecutivo. La diferencia entre un contrapeso que ratifica sistemáticamente y una firma automática no está en el resultado. Está en la ceremonia. En la protesta de cargo rendida el miércoles bajo el artículo 128, en el dictamen, en la votación levantada. Todo verdadero, todo cumplido, todo inofensivo.
Nótese que nada de esto acusa a Granguillhome, cuyas tres décadas de carrera lo hacen, si acaso, el ciudadano menos culpable de este edificio. El punto no es a quién ratificaron: es que la palabra ratificar, aplicada de manera sistemática durante un siglo, se ha vaciado por dentro hasta convertirse en sinónimo de recibir. La casta cerrada no necesita cerrar nada cuando la puerta lleva cien años abierta hacia un solo lado. Y el que paga la entrada —usted, que sostiene con impuestos tanto la embajada en Dublín como la Cámara que la aprobó sin discutirla— asiste al espectáculo de un control que se felicita por no haber tenido que controlar. Aplaudir la ausencia de fricción es aplaudir la ausencia de resistencia, y una institución sin resistencia posible no es un contrapeso: es un pasillo.
El 1 de septiembre concluye la Permanente, regresa el pleno de ambas cámaras y la agenda incluirá, previsiblemente, nuevos nombramientos diplomáticos y el paquete económico de 2027. Habrá, otra vez, dictámenes, protestas de cargo y votaciones. La pregunta no es si se cumplirán las formas: se cumplirán todas, hasta la última coma del artículo 128. La pregunta, la que queda colgada mientras el fiel de la balanza vuelve a dar exactamente cero, es esta: cuando llegue el siguiente nombre a la mesa de la comisión de Relaciones Exteriores, ¿quién de los que levantará la mano se atreverá a bajarla?