Siad no era un personaje secundario del expediente. Su nombre figura en más de mil documentos de los archivos desclasificados sobre Epstein en Estados Unidos, la misma desclasificación que a comienzos de 2026 empujó a la fiscalía de París a abrir una amplia pesquisa que llevaba años inactiva. La exmodelo sueca Ebba P. Karlsson lo reconoció en esos papeles y presentó la primera denuncia en febrero: lo acusaba de haberla violado cuando tenía 20 años y de haberla presentado a Gérald Marie, antiguo director de la agencia Elite, a quien también señala por violación. Tanto Marie como Siad negaron siempre las acusaciones.
Conviene la precisión, porque la sospecha no exime del rigor: Siad no había sido condenado ni detenido. Según su propia defensa, quería ser interrogado para dar su versión de los hechos. Ese detalle —un investigado que pide declarar y muere antes de que el sistema lo cite— es el nudo del expediente, con independencia de cuál sea la causa del deceso. La fiscalía de Nanterre confirmó que investiga «las causas de la muerte», el trámite ordinario en un fallecimiento fuera de recinto médico, según indicó al confirmar una información del diario Le Parisien.
Su abogada, Menya Arab-Tigrine, defendió su inocencia y apuntó a la presión del proceso como posible factor. «Murió y era inocente», declaró a la agencia AFP, para añadir que «si murió de un infarto, esa espera insoportable, la presión y la angustia con las que vivía a diario habrán tenido algo que ver». La tesis es clínicamente plausible: la tensión de una investigación penal puede resultar letal para un hombre de esa edad sin que intervenga nadie más.
Del otro lado, las denunciantes reclaman una indagación exhaustiva. Karlsson dijo estar «conmocionada» y recordó que Siad «estaba a punto de ser detenido». «Hemos trabajado tan duro para obtener justicia y ahora… Es muy frustrante», agregó a AFP. Fue más lejos al describir el temor compartido por el colectivo: «Todas teníamos miedo de que lo mataran para impedirle hablar de los demás criminales». Reclamó «una investigación exhaustiva sobre las circunstancias de su fallecimiento».
De la celda de Epstein al suicidio de Brunel
El antecedente pesa. En 2019, Epstein, detenido en Estados Unidos por explotación sexual de menores, fue hallado ahorcado en su celda. En 2022, el agente francés Jean-Luc Brunel, cercano al financiero, se quitó la vida en detención tras ser imputado por violaciones a menores y acoso sexual. Tras aquella muerte, las investigaciones se cerraron sin indagar en su entorno, pese a que el nombre de Siad ya había aparecido en el caso. La reapertura de 2026, alimentada por los archivos estadounidenses, volvió a poner ese hilo sobre la mesa.
La periodista británica Lisa Brinkworth, que acusa a Gérald Marie de agresión sexual en 1998 y cofundó junto a Karlsson el colectivo Victorious Angels-WE RISE, resumió el estado de ánimo de las denunciantes. «Es devastador que las sobrevivientes del caso Brunel hayan sido primero privadas de justicia, y ahora las del caso Siad», lamentó a AFP, y sostuvo que «la policía debería haberlo detenido» tras las denuncias.
Los abogados de la parte denunciante, Colomba Grossi y William Bourdon, elevaron el reproche al terreno institucional: denunciaron una «falta grave» de la fiscalía de París, a la que acusan de burlarse de las víctimas de delitos sexuales. Es una imputación formulada por profesionales del derecho, y su recorrido dependerá de que el ministerio público francés la responda y de que la nueva investigación mire más allá del certificado de defunción. La fiscalía no ha detallado por ahora respuesta pública a ese señalamiento.
La escala del fenómeno excede a un depredador aislado. Los mismos nombres —cazatalentos, agentes, financieros— reaparecen página tras página en los archivos, dibujando una cadena de intermediación entre modelos jóvenes y hombres poderosos. Juliette G., exmodelo francesa de 43 años, afirma que Siad la reclutó en París en 2004 para presentarla a Epstein. En junio, semanas antes de su muerte, los investigadores la habían convocado como testigo para recabar «información complementaria». Con el fallecimiento, dijo a AFP, «se esfuma un nuevo eslabón para esclarecer la historia y encontrar a los responsables».
No hay elemento que apunte a un homicidio, y la hipótesis del deceso natural bajo presión es sostenible. Pero el problema de fondo no es únicamente forense: cuando la muerte de un investigado antes de declarar se repite por tercera vez en el mismo entramado, la exigencia de explicaciones deja de recaer solo en la autopsia y pasa a alcanzar al procedimiento que permitió esas demoras.
El marco procesal francés atribuye ahora a la fiscalía de Nanterre determinar las causas del fallecimiento, mientras la pesquisa abierta en 2026 por la fiscalía de París sobre el entorno de Epstein queda privada de un testigo clave. La decisión relevante es si esta vez la instrucción indaga en la red de contactos —como no ocurrió tras Brunel— o si vuelve a cerrarse en el perímetro del difunto.
El desenlace no lo firmarán solo los fiscales, sino el calendario: cuántos nombres más de esos mil documentos siguen vivos, y cuántos permanecerán disponibles para responder cuando la justicia llame a su puerta. Si la investigación sobre la muerte de Siad se limita a archivar, el temor expresado por Karlsson dejará de ser una sospecha de parte para convertirse, por omisión, en la conclusión de facto del caso.